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Una postal desde el camino
Movimiento Perpetuo
Las Fronteras
Indios y Vaqueros
Los riesgos del camino
Los nuevos americanos

Los nuevos americanos

 

 

 

Así que, ¿en dónde estuvimos durante este viaje? Hacia arriba y hacia abajo por las fronteras, de Wisconsin a Michoacán, de California a Carolina del Norte, con muchas paradas en Los Ángeles y la Ciudad de México.

 

En los últimos años he viajado entre Los Ángeles y la Ciudad de México quizá unas 50 veces; conozco cada milla náutica, cada uno de los valles y volcanes nevados, aluviones y corrientes de aire, las dunas de los desiertos y las barras de arena bajo el mar azul verdoso, he visto cada detalle de la tierra desde 10,000 metros de altura. Y sé exactamente cuando cruzamos la frontera porque siempre escucho la jerigonza del canal 8 por mis audífonos, cuando los controladores ordenan a los pilotos conectar los instrumentos de guía al radar de Julian (un pequeño poblado al este de San Diego); esa es la señal que indica que estamos cruzando del espacio mexicano al norteamericano. Pero, ¿saben qué? No hay nada allá abajo. No hay una línea, no hay un muro (la nueva cerca de dos metros de alto empieza al este de Tijuana y sólo avanza unos 30 kilómetros), sólo hay tierra semiárida, escasamente poblada, y el comienzo de un gran desierto hacia el este, un desierto que cubre seis mil kilómetros hasta llegar a la costa del Golfo. Lo he dicho durante años: no hay frontera; es más una idea que una realidad. Lo que existe son los peligros del camino.

 

 

 

 

Escribo desde un lugar en el desierto del Mojave, el mismo que sobrevuelan los jets de United Airlines cuando se acercan a Los Ángeles cargados de mercancías del Tratado de Libre Comercio y, cada vez más, inmigrantes obreros (es curioso ver a un tipo de traje cruzado sentado al lado de alguien con sombrero vaquero impregnado de sudor y una playera desteñida).

Esta mañana manejé por el Parque Nacional de Joshua Tree, quizá la zona más extraña y hermosa del Mojave, y escogí un punto lejos de lo turistas alemanes y japoneses y de las irritantes familias gringas de clase media; no al lugar donde el árbol de Joshua alza sus brazos anhelantes, no, sino a un lugar más árido aún, cerca del desierto del Colorado, más solitario y salitroso y del que la gente piensa, supongo, que no es tan bello porque casi no vienen para acá.

 

Ahí es adonde fui. Fui ahí a subir una montaña y buscar un lugar sin caminos o estaciones de policía, y a pensar en todos los lugares y en la gente que conocí y en todos los lugares y en la gente que aún me falta por conocer; en todos nuestros viajes, en cada uno de nuestros imperiosos viajes, en cada uno de los caminos que tomamos.

Algún día, pronto, partiré de nuevo.

19 de noviembre de 1997

Twentynine Palms, California

Traducción Rogelio Villareal

 

 

 

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