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A pesar de la escasa difusión que ha tenido a partir de que fue presentada, a fines del año pasado, la Memoria del V Coloquio Latinoamericano de Fotografía (México, Conaculta, Centro de la Imagen, 2000), marca un precedente importante para evaluar el ciclo iniciado en 1978 con la primera versión de estos encuentros, realizada en la ciudad de México. El volumen permite adentrarnos en algunas de las nuevas vertientes que ha seguido la fotografía y su análisis en los países ubicados al sur del Río Bravo, aunque muestra también la inconsistencia de numerosos planteamientos, que repiten ideas ya formuladas en anteriores ocasiones, sin aportar nuevas perspectivas a las temáticas propias de estos coloquios, como la identidad y la modernidad. La falta de actualización en los métodos de estudio de los fenómenos que implica el desarrollo de la imagen en nuestros días hace evidente que la reflexión sobre la fotografía sigue a medio camino entre la profesionalización y la improvisación; entre los relatos anecdóticos y los discursos cuyo grado de abstracción conlleva planteamientos de fondo. Esta desigualdad es una prueba tangible de una situación que excede el ámbito de la fotografía en América Latina. La velocidad de las transformaciones que acontecen en la cultura a partir de la emergencia de la globalización y el quiebre de los paradigmas unitarios que caracterizaban la fotografía como disciplina apuntan en múltiples direcciones, imposibles de colocar en un parámetro determinado, como sucedió en los primeros coloquios, en que el discurso político funcionó, hasta cierto punto, como referente para ubicar en forma crítica los alcances y límites de la imagen. Resulta paradójico pensar que en el mismo tiempo en que terminó de editarse la Memoria (el coloquio tuvo lugar en 1996) es casi seguro que a través de internet, cuya red ha crecido considerablemente en estos años, se han generado más intercambios informativos e iconográficos que los que han tenido lugar desde que se iniciaron los encuentros latinoamericanos; la capacidad y densidad del nuevo medio permite tener un panorama relativamente actualizado de la producción contemporánea de la fotografía en América Latina y desborda incluso publicaciones como Luna Córnea y Extra Cámara (que lamentablemente ha dejado de editarse), citadas como fuente en diversas ponencias del V Coloquio. Sin duda, las posibilidades que se abren desde esta perspectiva demandan establecer nuevos referentes analíticos. ¿Es posible pensar en procesos fotográficos bajo nuevos paradigmas a nivel continental que rebasen la posición de conceptos como los de identidad y exotismo, excesivamente manipulados como modelos de análisis? Dos respuestas contundentes a esta pregunta, que avanzan nuevas fórmulas críticas se encuentran en las ponencias de Nadja Peregrino y José Antonio Molina, quienes abordaron la historia de la revista O´Cruzeiro y la fotografía cubana contemporánea respectivamente. La interrelación entre la modernidad brasileña y un medio de comunicación que dispensó un reconocimiento especial a la fotografía durante la década 1944-1954, y el planteamiento de los vínculos entre la tríada metáfora, fotografía e historia en Cuba en los años noventa, son dos ejemplos de la posibilidad de replantear nuestras afinidades y diferencias. Referencias como las anteriores permiten retomar la dimensión política que caracterizó algunas de las mejores propuestas de los primeros coloquios, en particular la demanda de analizar el sentido social en la obra de los fotógrafos. A través de los años, esta idea se desgastó hasta perderse en una simplificación que acabó como un mero referente estilístico documental carente de sustento: la "fotografía comprometida", desvanecido concepto que no ha contribuido a explicarnos con mayor pertinencia los acontecimientos que tuvieron lugar en los setenta y ochenta. No obstante, en aquellos planteamientos se encuentra un antecedente clave para pensar el papel de la fotografía en América Latina en nuestros días. A diferencia de otros movimientos plásticos, anclados exclusivamente en la tradición de la historia del arte, es importante subrayar el potencial que implica la ubicación social de la imagen fotográfica más allá de dicho hábito, ya que permite retomar las discusiones que acontecen en el campo cultural bajo perspectivas multidisciplinarias, justo en el momento en que vivimos un proceso de reconstitución de lo individual y lo social. ¿Cómo observar este fenómeno a través de las imágenes que se producen, se difunden o se analizan en América Latina? Pensar utópicamente en que las fotografías sirvan para tomar una posición a la defensiva que proteja las identidades y las tradiciones locales es una quimera. Abrirse a la inseguridad de un proceso múltiple, desigual y fragmentado en la construcción del legado iconográfico es al parecer la única proyección que permite pensar en un crecimiento exponencial del reconocimiento de quienes mantenemos vínculos poderosos por el lenguaje y la historia. Lejos de añorar la existencia de un canon latinoamericano, tendremos que acostumbrarnos a las paradojas expuestas en un coloquio donde la desintegración de las perspectivas unitarias, con el consiguiente pluralismo que implica, requiere de la configuración de redes que nos permitan incrementar nuestros intercambios combinando nuestros acostumbrados ciclos largos con el tiempo corto que exigen las circunstancias. El mayor problema de esta nueva condición es, sin duda, dotar de sentido a las imágenes latinoamericanas, en medio de una aceleración que contribuye precisamente a lo contrario bajo la dinámica implacable del espectáculo. Frente a tal alienación, es preciso aprovechar críticamente la posibilidad de crear una narrativa diferente a la del discurso dominante de la historia y la crítica fotográfica contemporánea, anclada en los modelos desarrollados en Estados Unidos y Europa. De alguna forma, este fue el planteamiento de Boris Kossoy y Fernando Castro al insistir en la importancia del contexto en sus presentaciones que discurrieron en torno a la teoría y metodología para analizar fotografías y sobre la vanguardia fotográfica peruana en la primera mitad del siglo XX, respectivamente. Nuestra capacidad para enfrentar una realidad contrastada y desigual en todos los ámbitos de la vida social es, quizás, el mejor punto de partida que tenemos para hacer frente a este desafío. Después de todo, si alguna capacidad tiene la fotografía es la de movilizar nuestra imaginación mediante la paradoja de combinar diferentes dimensiones de espacio y tiempo bajo la apariencia de la estabilidad. Usted puede enviar sus comentarios sobre esta reseña a: acadena@avantel.net |