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Nací y crecí
en Los Ángeles, pero he tenido una serie de segundos hogares
en mi vida. Por un tiempo fueron las playas de Venice, California, donde
merodeaba en busca de sexo-drogas-y-rocanrol. Más tarde, fui
en pos de la Revolución al país natal de mi madre, El
Salvador, durante la oscura, turbulenta y esperanzadora década
de los ochenta. Hubo algunos peregrinajes buscando a Dios en los cielos
infinitos sobre las mesas y planicies del suroeste de los Estados Unidos
y...
Aún no me he calmado. Ahora mi segundo hogar es la Ciudad de
México, donde mi padre y su padre vivieron de tiempo en tiempo
en los años cuarenta y cincuenta. Viajo de aquí para allá
entre Los Ángeles y ésta, la más contaminada, la
más sobrepoblada y la más bella y jodida ciudad sobre
la tierra. Me muevo de un lugar a otro porque no me siento totalmente
en mi casa en ningún lado --extraño un poco a Los Ángeles
cuando estoy en la Ciudad de México y viceversa.
La distancia entre L.A. y la "capirucha" se está achicando cada
día. Quizá en un hasta ahora apenas imaginable futuro,
no importará si estoy en el norte o en el sur. Quizá algún
día el "sur" y el "norte" y el "este" y el "oeste" serán
referencias arcaicas para un primitivo, dividido mundo donde el nacionalismo
y las tensiones económicas arrojaron al planeta al caos.
Por todo el mundo las distancias se están achicando entre nuestros
puntos cardinales debido a las fuerzas globales de la alta tecnología,
el libre comercio y la inmigración. La información se
mueve. El comercio se mueve. La gente se mueve. El mundo parece que
va girando más rápido cada día, y analizar tal
movimiento vertiginoso es un trabajo cada vez más desesperante.
La rebelión indígena en Chiapas, el presidente Mandela
en Sudáfrica, los disturbios raciales en Los Ángeles,
el holocausto en Bosnia, comunismo en Hong Kong... es un modo apropiado
de terminar el segundo milenio. Al final del siglo siempre aflora lo
apocalíptico --y lo idealista-- en los seres humanos.
Para nuestro fin de siglo se puede ver lo apocalíptico en los
conflictos religiosos y étnicos, en el crecimiento de la intolerancia
hacia los "otros"; lo idealista es el impulso hacia "un solo mundo"
que acoja a sus diversos "otros". El resultado inevitable de los conflictos
militares es que a fin de cuentas todas las partes en pugna pierden
su humanismo. Cada lado asume que el "otro" debe ser destruido, cuando
la verdad es que cuando se alcance el momento de la reconciliación,
probablemente tengamos que aprender a vivir con el "otro" una vez más.
Pero les hablaba de mi "retorno" a la Ciudad de México. Les
dije que estaba aquí porque no me sentía completamente
en casa en mi primera ciudad, Los Ángeles. También estoy
aquí porque quiero unirme a las personas que cruzan las fronteras
en las Américas --los inmigrantes del sur, los peregrinos de
fin de siglo. Como crecí entre Latinoamérica y Estados
Unidos, entre el inglés y el español, entre el catolicismo
del sur y el protestantismo del norte, siento que es mi derecho de nacimiento
ser parte de ese movimiento frenético. Todo y todos están
cruzando la línea que abarca 2,000 millas entre México
y Estados Unidos. AT&T y el joven de Oaxaca, partes de automóviles
producidos en México y MTV en español.
Los asuntos de libre comercio y de inmigración han generado
uno de los más grandes debates políticos y culturales
en la historia de los Estados Unidos. Solamente hay dos lados en este
conflicto. Están aquellos --en su mayoría viejos anglos
americanos-- que sellarían la frontera con México y con
el resto de Latinoamérica, porque temen ser arrollados por los
inmigrantes. Y aquellos otros --los inmigrantes y algunos americanos
visionarios-- que ven en el futuro un mundo sin fronteras, una identidad
continental.
Es un viejo sueño. Ya ha habido insinuaciones sobre esto hechas
por grandes pensadores tanto de los Estados Unidos como de Latinoamérica.
El Libertador Simón Bolívar soñó con una
república latinoamericana unificada que abarcaba desde el sudoeste
de los Estados Unidos hasta la Tierra del Fuego. Y uno de los grandes
poetas de las Américas, Walt Whitman, poetizó una visión
cósmica, internacional del continente.
Clavo, John Valadez, 1983. Cortesía de la galería Saxon,
Los Angeles
En este momento son los nativistas estadunidenses quienes están
ganando el debate, como lo han hecho en tantas otras ocasiones en los
últimos 150 años. Desde mediados del siglo XIX se sospechó
de los inmigrantes católicos. A los asiáticos se les prohibió
la entrada al país con el cambio del siglo. Y los mexicanos han
sido deportados en masa en dos ocasiones en los últimos 75 años
--durante la Gran Depresión de los treinta y en el declive económico
de la posguerra de los cincuenta. Hoy, estamos al borde de otro trágico
capítulo como los anteriores.
En noviembre de 1994 en California los votantes aprobaron la Propuesta
187, una medida que prohibirá a los inmigrantes "ilegales" recibir
asistencia pública en muchas de sus modalidades (incluyendo educación
y cuidado de la salud) de ser aprobada por las cortes que actualmente
están revisando las flagrantes contradicciones constitucionales
de la ley. Muchas personas, generalmente razonables --en su mayoría
anglos, pero también negros y asiáticos y hasta una ligera
porción de ciudadanos latinos de los Estados Unidos-- votó
a favor de la Propuesta 187. Casi todos ellos niegan ser racistas. Y
sin embargo, votaron por una medida que claramente singulariza a un
grupo étnico, y eso ha puesto en movimiento fuerzas que ya han
comenzado a afectar no solamente a los "ilegales" que la ley señala,
sino a cualquier persona de piel morena y que habla el inglés
con acento. Desde la votación ha habido cientos de reportes por
todo el estado de fanáticos que quieren poner la ley en vigor
a través del vigilantismo. En un restaurante en Santa Paula un
cliente le pidió al cocinero, que parecía mexicano, su
"tarjeta verde" (la identificación que tienen los residentes
legales). En una farmacia de Palm Springs le pidieron a la madre de
una niña enferma que enseñara alguna prueba de que su
hija era ciudadana. En éstos y en un sinnúmero de casos
las personas eran, en realidad, ciudadanos latinos de los Estados Unidos.
La clase media de California ve a la inmigración, el libre comercio,
el fracaso de las viejas industrias de la defensa y automotriz (la principal
fuerza económica del estado hasta mediados de los ochenta) como,
por lo menos, interconectadas y en el peor de los casos como causa y
efecto. Los californianos votaron a través del distorsionado
prisma de sus miedos aquel mes de noviembre, miedos que nacieron de
la incertidumbre económica y que fueron profesionalmente explotados
por la minoría de racistas consumados que promovieron la Propuesta
187.
Por donde quiera que miremos en estos días --en la antigua Unión
Soviética, en Europa, en las Américas-- los votantes parecen
estar mandando mensajes desesperados. El péndulo se mece de un
lado a otro rápidamente: una señal segura de que el miedo
es lo que está moviendo a la gente más que el pensamiento
visionario o simplemente un elemental sentido común.
Los mexicanos también votaron sus miedos en las elecciones presidenciales
del 94. Votaron por el statu quo, el PRI, cuyas siglas deberían
de significar Partido Reaccionario Institutional, pues nada tiene ya
de Revolucionario. Me pasé los meses del verano de 1994 en México
escribiendo sobre los dramáticos cambios que estaban ocurriendo
en mi segundo hogar. Visto desde hace mucho tiempo por el resto del
mundo como una cultura folclórica y somnolienta, atrapada en
un pasado de mariachis machos y señoritas lujuriosas, yo me encontré
a un México en movimiento frenético. Setenta años
de régimen autoritario lenta pero seguramente van cediendo a
una sociedad más abierta y democrática. Los jóvenes
mexicanos están experimentando con influencias culturales de
sus vecinos del norte y creando híbridos --rocanrol-- que más
que ser una señal de muerte cultural muestran que el país
está al filo de una renovada cultura popular urbana. Mientras
tanto, la rebelión en Chiapas expuso finalmente la condición
de los indios y la responsabilidad de los ladinos o castas mestizas.
El 94 y el 95 han sido años de vida peligrosa en México.
Los asesinatos políticos cimbraron la noción de seguridad
en el país y Chiapas levantó el espectro de la guerra
civil generalizada. Pero sobre todo lo que se reveló fue el México
verdadero: un país rasgado por la tensión étnica
y de clase. Los acontecimientos recientes nos dicen que no hay un solo
México sino muchos; que los beneficios de la economía
neoliberal (en la administración del ex-presidente Carlos Salinas
de Gortari una buena cantidad de compañías paraestatales
fueron vendidas al sector privado, y el régimen de Ernesto Zedillo
sigue por el mismo rumbo) hasta el momento actual han sido para la élite
y no para la pequeña clase media o para la mayoría de
las masas empobrecidas, como son los indígenas del sur. México
tendrá que vivir con su nuevo ser heterogéneo --llevando
justicia social y económica a todas sus regiones y comunidades
étnicas-- o se desmoronará en el caos.
Sin embargo, opto por la visión optimista de México.
Después de casi un siglo de gobierno unipartidista, retórica
ultranacionalista que sofocó el pensamiento crítico, ahora
artistas e intelectuales independientes, pueblos indígenas y
una creciente legión de activistas urbanos son poderosos protagonistas
en el intenso debate sobre el futuro del país. Visto de la mejor
manera, México está acogiendo la otredad que por tanto
tiempo ha rechazado, tanto el otro del norte (Estados Unidos, con su
cultura individualista y su tradición en el debate democrático)
y el otro del sur (la cultura milenaria del indígena): un nuevo
capítulo del mestizaje mexicano.
Es cierto que los mexicanos votaron por el PRI en el 94. Pero no votaron
por la infame corrupción del partido y su tradición antidemocrática.
Los mexicanos parecen haber estado diciendo una cosa en las casillas
electorales pero otra en sus vidas cotidianas. Votaron por el PRI pero
están participando más que nunca en manifestaciones de
protesta. Votaron por el PRI pero la mayoría de los mexicanos
simpatiza con la rebelión en Chiapas (y con los chontales en
Tabasco, los mixtecos de Oaxaca, los huicholes de Guerrero) siempre
y cuando no cause una guerra civil. El mensaje es: estamos cambiando,
queremos seguir cambiando, pero no queremos cambios tan radicales que
nos hagan girar fuera de control.
El voto de California en favor de la Propuesta 187 es más problemático
porque llama al cambio pero en una clarísima dirección
reaccionaria. Busca retroceder el reloj del movimiento del continente
hacia la integración cultural y económica: mantengan a
esos sucios mexicanos fuera de nuestro estado. La única esperanza
que vislumbro de los resultados electorales es que la mayoría
que votó por esta malvada legislación se está convirtiendo
en minoría en California. Aunque algún día la 187
sea completamente puesta en marcha y comiencen las deportaciones masivas,
todo lo que la ley está buscando detener ya, de hecho, ha ocurrido.
La vasta mayoría de los latinos inmigrantes en California son
residentes legales y en poco tiempo se harán ciudadanos (el mexicano
en California por décadas rechazó cortar de un solo tajo
su relación con su país natal; pero la 187 y su ola de
discriminación lo ha impulsado hacia una toma de conciencia política
al otro lado). El politólogo mexicano Jorge Castañeda
ha dicho que en California existe hoy día un "apartheid electoral",
donde la minoría de votantes blancos dictamina las condiciones
bajo las cuales vive la clase trabajadora latina. La revolución
que cambiará a este sistema será la demográfica:
el inmigrante volviéndose nativo en el norte.
La minoría-volviéndose-la-mayoría salió
a las calles de Los Ángeles durante los días previos a
la votación del 94. En la manifestación más grande
en la historia de la ciudad, alrededor de 150,000 activistas se volcaron
a protestar contra la Propuesta 187. También se sumaron a la
protesta unos 20,000 estudiantes de docenas de escuelas secundarias
y preparatorias en el área de Los Ángeles que espóntaneamente
abandonaron sus clases. Los chavos tomaron las calles agitando banderas
mexicanas, salvadoreñas, guatemaltecas y nicaragüenses como
señal de orgullo en una cultura que los estudiantes sintieron
había sido denigrada por la campaña pro-187.
La proliferación de banderas fue rápidamente denunciada
por las enfurecidas fuerzas nativistas que sostuvieron que los estudiantes
inmigrantes proclamaban su alianza con poderes extranjeros. Y aunque
las banderas hayan sido un retroceso político para los estudiantes,
fueron también una señal de que los latinos se unían
como nunca antes se había visto en California. Porque en el Movimiento
de Octubre, como se autonombró la campaña anti-187, los
mexicanos recién llegados se unieron a chicanos de tercera generación,
y el inmigrante centroamericano fue reconocido por aquellos de origen
mexicano como un aliado natural en lugar de un competidor en el mercado
de trabajo.
La gran prueba del Movimiento de Octubre, a final de cuentas, fue tomar
esta recién encontrada unidad latina y crear una coalición
viable con otros grupos étnicos. Si la lección de la rebelión
de Chiapas es que el indio y el mestizo trabajen juntos para lograr
justicia social (como los blancos y los negros hicieron en Estados Unidos
durante el movimiento por los derechos civiles en los sesenta) la batalla
sobre la 187 en California mostró, una vez más, que las
coaliciones multiétnicas basadas en intereses comunes son el
único camino que tienen las fuerzas progresistas para alcanzar
sus metas. Y en este caso, el Movimiento de Octubre falló. Cerca
del 80 por ciento de los latinos votaron en contra de la Propuesta 187,
cerca de dos terceras partes de los blancos votaron a favor, mientras
que los asiáticos y los afroamericanos votaron mitad a favor
y mitad en contra. Si la vanguardia de estudiantes latinos hubiera podido
cambiar de opinión a un número significativo más
allá de los confines étnicos, el resultado final de la
elección habría sido totalmente diferente.
En las semanas siguientes a la debacle electoral de noviembre me senté
en un sinnúmero de reuniones del movimiento estudiantil. Además
de la comprensible frustración y depresión por los resultados,
la batalla por el alma del movimiento tomaba lugar. Fervientes chicanos
nacionalistas exponiendo ideales separatistas se enfrentaron con sus
contrapartes "internacionalistas" que abogaban por una coalición
de base más amplia. Esta última emergió como la
ideología conductora. Un contingente poderoso del Movimiento
de Octubre original se rebautizó como "El Movimiento Estudiantil
de los Cuatro Vientos", un nombre que se refiere tanto a la mitología
de los nativos americanos como al concepto de organización multiétnica.
Esta visión está claramente influenciada por el movimiento
zapatista mexicano.
Como los rebeldes de Chiapas, el movimiento estudiantil de California
--la movilización política más importante en Estados
Unidos desde las manifestaciones antinucleares de principios de los
ochenta-- queda como una poderosa muestra política y moral. Si
la grandeza del movimiento de los derechos civiles norteamericanos en
los sesenta fue el camino por el cual los afroamericanos convencieron
a una pluralidad de norteamericanos blancos de que la igualdad en una
democracia debe ser para todos, el Movimiento de Octubre tiene la posibilidad
de hacer lo mismo en los noventa. Los activistas chicanos no solamente
deben defender al inmigrante mexicano; también deben delatar
la erosión de los derechos civiles de los afroamericanos y el
siniestro sentimiento latente en California contra los asiáticos.
El chicano en California puede servir como un ejemplo al igual que los
indígenas en México.
"Diálogo/Dialogar/(Comhra)" muestra a los artistas de dos regiones
que epitomizan la crisis global y que también apuntan hacia el
tipo de negociaciones culturales y políticas necesarias para
lograr la resolución pacífica a nuestros conflictos. Como
casi todos los norteamericanos, sé muy poco sobre el conflicto
irlandés. Sé que hasta hace muy poco sólo recibíamos
la perspectiva británica de lo que estaba sucediendo y, porque
soy católico, naturalmente simpatizaba con mis hermanos espirituales.
Quizá románticamente, veo en el Ejército Revolucionario
Irlandés el corolario europeo a los movimientos revolucionarios
de mi continente: el FMLN en El Salvador, los indios rebeldes de Chiapas.
Y aunque aborrezco la violencia, conozco íntimamente historias
de pueblos que llegaron a la lucha armada porque las otras rutas de
negociación les habían fallado --y porque ya, de hecho,
se libraba una guerra en contra de ellos por las fuerzas represivas.
Ése fue el caso en El Salvador. Ése es el caso en Chiapas
y otras regiones indígenas mexicanas ahora. Sospecho que ése
ha sido el caso en Irlanda.
Escribo esto desde la Ciudad de México unos días antes
de que regrese a Los Ángeles. Después de un mes en mi
primer hogar regresaré a México. Éste es mi futuro:
el cruce sin fin de falsas fronteras que nos separan políticamente
y nos impiden ver el continente como es en verdad. Ya no puedo ver las
luchas en México y en California como política o, incluso,
contextualmente diferentes. En cambio, veo al continente como uno solo
con muchos promontorios. La rebelión en Chiapas es el Movimiento
Estudiantil en California.
Going out of business, John Valadez, 1991. Cortesía de la Galería
Daniel Saxon, Los Angeles
A través de sus años de vivir peligrosamente, México
ha comenzado --por lo menos tentativa aunque dolorosamente-- a acoger
a sus "otredades" del norte y del sur. Los chicanos, afroamericanos,
norteamericanos blancos y norteamericanos asiáticos en los Estados
Unidos deben hacer lo mismo. Solamente hay dos futuros posibles para
las Américas conforme nos acercamos al milenio. Hay un México
tratando de entender su relación con el indígena y su
complejidad regional, unos Estados Unidos aprendiendo a acoger, una
vez más, a su ser inmigrante. O un México que le da la
espalda a Chiapas y a la democracia, y unos Estados Unidos que niegan
su alma multirracial. Podemos afirmar o evitar esta verdad: que el conflicto
mexicano es la lucha "multicultural" en los Estados Unidos, que el indio
en México es el indígena o el inmigrante en los Estados
Unidos, que el racista en los Estados Unidos es el mismo que condujo
al indio a la casi esclavitud en México.
Podemos ver atisbos de nuestro futuro posible. Vemos a los inmigrantes
mexicanos en los Estados Unidos organizarse en cooperativas de jornaleros
y vendedores ambulantes para hacer valer sus derechos. Al día
siguiente, oímos que los impulsores de la Propuesta 187 en California
están ahora decididos a hacer suya una campaña nacional
en contra del inmigrante. En un momento oímos al presidente mexicano
Ernesto Zedillo proclamar que no habrá más conflicto armado
en Chiapas; un momento después se nos informa que alrededor de
60,000 soldados de las tropas federales han rodeado las comunidades
indígenas en la selva.
Éstas son las contradicciones y las mentiras que los artistas
e intelectuales del mundo deben intentar resolver conforme nos acercamos
al milenio. Debemos sobreponernos a la distorsión de las políticas
separatistas, que es la política del viejo orden. Debemos ser
visionarios, los que nos aventuramos a comparar la situación
irlandesa con el contexto mexicano y chicano, los que nos aventuramos
a reconocernos en el "otro".
© Pacific News Service.
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