Irlandés Católico

Richard Rodríguez


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Discontinuidad

Hay un crucifijo sobre mi cama. Estoy acostado en la cama y tengo los ojos abiertos. Espero el sonido de la medianoche, un estallido de cornetas, una sirena de incendios, el grito de una mujer.

Un auto pasa rodando sobre el húmedo pavimento de allá afuera. Mi cuarto da vueltas sobre un riel de luz. Y luego está oscuro. Es el primero de enero de 1960. La nueva década ha llegado a Sacramento, California. Ya pasó la Navidad. Por la mañana se llevará a cabo la misa en medio del frío y luego todos se irán a ver el Desfile de las Rosas por televisión. Y la larga tarde gris se pasará en medio de una serie de juegos de futbol americano vistos en blanco y negro; dentro de unos días tendré que regresar a la escuela.

He cumplido los quince años, edad suficiente para salir con una novia. Pero no tengo novia. Yo soy moreno. Envidio el aplomo de mi hermano mayor con las mujeres. La cama de mi hermano está vacía. Mi hermano se fue a una fiesta. Soy estudioso e ingenioso; aunque no tengo gran conocimiento del vocabulario. Escribo una columna de chismes ("El ojo vigilante") en el periódico de la escuela, llamado Gael. Soy muchísimo más que el payaso de la clase. Yo soy el nivelador, lo suficientemente cáustico para forzar a mis compañeros de clase a pedir tregua. Soy listo y derecho como una flecha. Soy ambicioso respecto de ir al colegio --una escuela a la que es difícil ingresar-- , un castillo de ladrillos lleno de niños ricos donde pueda acabar con todos, porque yo quiero más cosas que ellos. Quiero ser maestro universitario. Tendré que agotar todo lo que haya que leer. Quiero ser periodista que viaja en un tren, lejos, lejos de aquí, que se precipita a cumplir la edad actual de mis padres. Treinta y seis. Treinta y seis.

Mi familia se ha mudado tres veces dentro de la ciudad de Sacramento, cada vez a una casa mayor que la anterior. Vivimos en una casa de dos pisos. Tenemos dos televisiones. Dos autos. No soy inconsciente: adoro nuestra fabulosa mitología: Mi padre fabrica dientes falsos. Mi padre recibió tres años de educación primaria en México. Mi madre tiene un diploma de secundaria. Mi madre puede escribir a máquina ochenta palabras por minuto. Mi madre trabaja en la oficina del gobernador, donde todas las paredes son verdes. Edmund G. Brown es el gobernador. Gente famosa pasa frente al escritorio de mi madre. El otro día el jefe de Justicia Earl Warren le dijo "hola" a mi mamá.

Cada noche de Año Nuevo mi madre llora frente al televisor viendo a Guy Lombardo. "Es tan triste", dice mi madre. La multitud en Times Square estalla en exclamaciones. Este año, sin embargo, nos hemos acostado temprano. La luz del portal porterior está encendida para mi hermano. Yo me he quedado despierto en la oscuridad para sentir la diferencia entre una década y otra.

No hay ninguna diferencia. Mi vida está protegida contra lo inesperado. Inevitablemente es lo que mis padres han logrado en su ascenso dentro de la clase media de estadunidense. Mi ambición les colmará sus deseos. Iré a una universidad en los sesenta. No seré el primero en mi familia en ingresar a una universidad, pero si el primero en tener que irse de casa para asistir a una. Iré a Stanford en los sesenta. Cuatro años más tarde volaré por primera vez en avión --el Servicio Embajador Real de la TWA-- con destino a Nueva York. Asistiré a una escuela de graduados en Columbia, luego a otra en Berkeley.

Diez años después de esta noche me estaré graduando en Berkeley. Espero ser maestro de escuela. Pasaré las vacaciones de navidad en mi departamento de College Way, escribiendo un ensayo sobre el libro El americano de Henry James. Estaré escribiendo elaboradas opiniones sobre lo ingenuo y lo mundano, sobre la América protestante y sobre las cínicas órdenes religiosas católicas. Sobre mi cama habrá una foto de Marlene Dietrich.

Los sesenta serán mi confirmación sacramental. Los cincuenta ya han definido mi vida. Cuando 1949 dio paso a 1950 vivíamos en una casa de un piso de la calle número 39, unas cuadras más cerca de México. No había rostros como los nuestros en la cuadra. Tampoco había voces como las nuestras. Cuando comencé a ir a la escuela, mis compañeros de clase parecían tener la misma cara pálida y mostraban la misma expresión, lo cual me llenaba de ánimos. La mayoría de la clase llevaba loncheras llenas de pasteles congelados. Era un salón de clase estadunidense. Y a pesar de todo seguimos siendo dominio de Irlanda, la Isla Esmeralda, la tierra adorable. "Nuestra Amada Irlanda", como la llaman siempre las monjas.

El término de mis estudios lo haré en universidades laicas donde la mayoría de los maestros son judíos, muchos de ellos a una generación de tener recuerdos de la clase obrera. Pero las Hermanas de la Caridad permanecerán siendo muy influyentes en mí. Ellas me reclamarán para Irlanda.

¿Cuál fue mi resistencia inicial? Cuando entré al salón de clase incapaz y sin deseos de hablar inglés, las monjas metódicamente me elegían. Me agarraban de blanco. Ellas no me dejaban en paz y me obligaban a hablar más alto; más alto, Richard, más alto. Ahora pienso en esas mujeres, como torres, silos envueltos en hábitos, inclinándose aquí y allá, y sólo sus rostros están expuestos, ellas mismas mujeres del campo, hijas de inmigrantes. Ellas sirvieron de vínculo entre México y Estados Unidos, el escepticismo latino y oscuro de mi padre y la edénica imaginación protestante. A tirones de oreja, enderezando cuellos, sonrojándose, de brazos fuertes, mis monjas nos formaban en filas y nos llevaban marchando hacia un futuro estadunidense que ninguno de nosotros podía imaginar. Años después las monjas me dejarían como una figura escéptica observando desde las altas ventanas de la biblioteca, contemplando el caos en el cuadrángulo de allá abajo.

A partir de esta influencia en mi vida debí imaginar que Irlanda era más grande que el lugar insignificante que ocupa en los mapas. Durante los calurosos veranos de Sacramento me pasaba las tardes en la larga sala de lectura de la sección dedicada a la narrativa del siglo XIX. Obtuve un panorama distorsionado de Londres y del paisaje inglés. Irlanda no tenía un lugar comparable dentro de mi imaginación literaria. Como niño de una escuela católica tuve que aprender a usar el acento regional para contar chistes católicos, de enterradores, borrachos y predicadores. Irlanda surgió de la lengua. Irlanda instituyó el alto y majestuoso recitar de las letanías de la iglesia haciendo sonar las inflexiones. Irlanda fue el omnisapiente murmullo de un confesionario.

¿Tú mamá vino de Irlanda? Alrededor del 17 de marzo, día de fiesta católico, mi madre --una patriota-- comenzaba a erizarse. "Es tan maravilloso, ¿por qué decidieron irse todos?" Pero algunas veces era su broma, que nosotros éramos irlandeses. El apellido de mi madre es Morán; ¿fue su padre un irlandés negro? A ella le daba risa. Su padre fue alto y moreno con ojos tan verdes como las hojas de los árboles. Había irlandeses en México en el siglo XIX, decía mi madre. Pero no había un tronco familiar para irse de un lado o de otro. El otro camino llevaría a España. Ya que Morán es un apellido bastante común en España y en toda Latinoamérica. ¿Podría haber sido llevado, no desde Irlanda sino hacia ella, por los españoles, españoles náufragos que originó la armada naval de la reina Elizabeth?

Mi hermana menor me pidió que la ayudara a elaborar un ensayo para su escuela. El tema era Irlanda. Le dicté, con la boca llena de tréboles, acerca del alcalde judío de Dublín y de algunas celebridades y políticos estadunidenses: Ed Sullivan, Dennis Day, el alcalde Daley, Carmel Quinn. "Irlanda, la madre de todos nosotros..." El ensayo le significó a mi hermana ganar un premio de la Sociedad Irlandesa. Yo me burlaba de ella la noche en que se tenía que vestir para asistir a la entrega de premios. Sin embargo, mi madre regresó a la casa de muy buen humor. Todos se habían agrupado en el salón bajo el lábaro irlandés: mi hermana, mi mamá, mi padre, un grupo de mujeres viejas y algunos sacerdotes de blancas cabelleras.

Cuando el padre O'Neil regresó de su primer viaje a Irlanda, yo cursaba el tercero o cuarto grado. Hubo una junta general en la escuela para que pudiéramos ver sus diapositivas. Rectángulos de un verde inverosímil vivisectado desde la ventanilla de un avión. Escenas de un Dublín gris, piedras y cielo. Los parientes alineados frente a las blancas casas, saludando o estáticos. Había algo triste acerca del padre en aquel entonces, sentado ahí, detrás del cono de luz del proyector, en Sacramento, en la Escuela del Sagrado Corazón, tan, pero tan lejanos de aquellos rostros irlandeses tan tristes.

Irlanda era el lugar a donde regresaban los sacerdotes viejos con sus hermanas viudas para (algo que nunca se decía) morir. Así que se trataba de un gran pastel blanco y allá vamos. Irlanda era la patria de nuestros corazones. Me imaginaba el lugar como si fuera una postal del día de San Patricio, un lugar animado por los católicos, una cabaña, un tañir de campanas en la brisa, una brisa que viene de un lugar a tus espaldas, de los acolchados médanos y sobre el camino sinuoso. Sacramento, mi Sacramento, le debe parecer al padre O'Neil un lugar plano, un lugar tan lejano como el África de las películas tomadas por los misioneros Maryknoll. La vida era un viaje fuera de casa a un lugar lejano, o así lo decidí yo mientras miraba las diapositivas del padre O'Neil pasar invertidas en la pantalla.

Una Irlanda que se desvanece... La experiencia estadunidense del catolicismo considerado como una fe inmigrante, una competición de ghetto que se simplifica en el ellos contra nosotros, estaba llegando a su fin en América. En las páginas con fotos a colores de la revista Life, el viejo papa con su rostro púrpura y su naríz ganchuda era cargado en andas por todo San Pedro. Mi generación será la última en crecer con un sentimiento tan poderoso de lo que es la iglesia del ghetto. Un estadunidense de origen irlandés poseedor de un buen físico y bien parecido pronto sería electo presidente. El primer presidente católico de los Estados Unidos. Y mientras el viejo papa pasaba a través de las puertas de la muerte, los católicos estadunidenses cruzaban la puerta de la ciudad. Un papa italiano, expresivo y gordo muy pronto conminaría a su iglesia al "aggiornamento", un nuevo acercamiento al mundo no-católico. Pero tan pronto pasaron los años cincuenta las monjas se dividieron el mundo, como las Parcas que siempre han sido. Nosotros éramos los católicos y el resto, asómbrense, quedaban definidos por sus diferencias respecto de nosotros.

Para cuando muchos de nosotros entramos a la universidad, la tentación era retroceder, avergonzados por el parroquialismo de nuestra educación católica. Las costumbres góticas, los mismos nombres, Hermana Mary Damien, Hermana Mary Aquin, las prohibiciones y las mismas virtudes parecen, distanciadas de la modernidad, como divertidas. No hay otra palabra para describirlas.

Pero ese era el tono general de los sesenta, una carcajada irreverente, ya que el tema principal de los sesenta fue el tema de la discontinuidad. En tanto una educación más elevada se convirtió en una educación de masas, una generación de norteamericanos, en su mayoría niños nacidos de padres que nunca ingresaron a una universidad, se encontraron de pronto viviendo un nuevo futuro. Nuestro destino no era volvernos como nuestros padres. No teníamos por qué someternos al compromiso, a la memoria. Creeríamos entonces que estamos libres de la historia. La historia era una gran zopilotera porque --después de todo-- no había funcionado. Míren las guerras, miren la pobreza. Fuimos inocentes. Estábamos por entrar a la era de Acuario y las letras de las canciones de los sesenta nos compelieron a creer.

--Los sesenta trataron acerca de mamá y papá; era un asunto de familia --dice una amiga mía que se fugó con un soldado. Se ha vuelto una moda apropiarse de una época de individualismo para datar el comienzo y el fin de una era de acuerdo con un calendario privado. Otra amiga, una mujer que se volvió nacionalmente conocida como activista contra la guerra, dice que los sesenta comenzaron cuando se divorció en 1962.

¿Me atrevería a decir que los sesenta comenzaron para mí el día en que mis padres me llevaron en auto a la Universidad de Stanford? Mis años sesenta comenzaron en los cincuenta. En los cincuenta aparecían anuncios panorámicos en el horizonte, los que atraían a los inquietos estadunidesnses a California. Si preguntabas, la gente de Sacramento te decía que venía de Alabama o de Portugal. O de alguna otra parte. Sacramento en los cincuenta estaba al fin de la Edad Media y su crecimiento la hacía parecer a Londres. En esos días la gente abandonaba sus lugares de residencia y los apellidos del nombre de su mamá para vivir entre extraños en complejos habitacionales. Las carreteras se volvieron supercarreteras. La gente no necesitaba de nadie que viniera a decirles cómo comportarse en la calle K. Y Dios le hablaba a cada ambición por medio del soldado Bill.

Podría decir que mis años sesenta comenzaron en el siglo XVIII con la Reforma protestante. Los sesenta significaron un florecimiento del protestantismo. Los más famosos activistas de esa época fueron judíos laicos que anunciaron un futuro mesiánico. Pero los verdaderos padres de Woodstock, de los plantones y del rock pastoral fueron los sacerdotes puritanos de hábitos oscuros.

A principios de los años cincuenta, Sacramento, California, era una ciudad que tenía más de 100,000 habitantes, una ciudad rivereña, "la capital mundial de las camelias". Sacramento era la gran ciudad del Valle Central, la ciudad capital del estado. Conforme avanzaron los cincuenta, la gente comenzó a llegar por cientos y luego miles al mes. El centro de la ciudad de Sacramento comenzó a desparramarse con la construcción del centro comercial Club Campestre. La ciudad crecía hacia el norte y hacia el sur.

Un sistema estatal se creó como un paradigma para satisfacer la demanda de dar cabida a las ambiciones de la clase media. El doctor Clark Kerr lo llamó "multidiversidad". El problema eran los números. La educación de masas provocó que el valor de mercado de los diplomas declinara e igualmente sucedió con el glamour de la vida de los todavía no graduados. Fue un dilema característico de la ambición estadunidense, y uno que Henry James podría haber entendido.

En el otoño de 1963 el presidente Kennedy fue asesinado en Dallas. La revista Life publicó un elogio que decía: "Cuando eres irlandés, sabes que la vida te romperá el corazón." El año siguiente, durante una tarde de verano, cuando las ventanas estaban abiertas y los radios encendidos, mi compañero de cuarto en Stanford entró al cuarto para anunciar, con la sonrisa que normalmente reservaba para las fotos de chicas desnudas, que estaban rompiendo cráneos en Berkeley. En los periódicos del día siguiente, los estudiantes de Berkeley, usando una tipografía minúscula, se quejaban de lo impersonal de la multidiversidad, de quedar reducidos a cifras dentro de una computadora IBM.

Los años sesenta debieron ser mi época. Yo era hijo de padres inmigrantes mexicanos. Yo era el estadunidense no-blanco a quien se le iba a dar acceso a la vida norteamericana. Si todo lo que sucedió hubiera seguido mi plan, con la política de acción afirmativa burocrática, yo hubiera acabado enseñando Hamlet en alguna universidad estatal de Arizona o de Ohio, siendo un tipo liberal, inconforme y con ocupaciones. Pero los romanticismos de los sesenta nunca enraizaron. Échenle la culpa a Irlanda. Yo nunca me casé con la idea de que podía liberarme del pasado excepto de las maneras más evidentes. Oh, bueno, había logrado liberarme de México: ya no hablaba español; ni podía ni quería. La gente en la Universidad de Stanford creía que yo era paquistano. Irlanda tenía un lugar en mi corazón en los sesenta. Las clases de las monjas, acerca del pecado y del escepticismo histórico, fueron lecciones verdaderas. Nunca nos eran dichas como metáforas y yo nunca las consideré como tales. Y mis mejores amigos en la secundaria y la universidad, al igual que hoy en día, llevan nombres derivados del viejo terruño: Murray, O'Donnell, Keating, Faherty.

Larry Faherty es mi mejor amigo en la escuela secundaria. Larry Faherty ostenta una cola de pato capilar endurecida con fijador esmeralda marca Stay-Set. Siempre se hace expulsar de la clase de inglés del hermano Michael por usar el pelo largo, lo cual es considerado una impertinencia. Larry Faherty es rico. Sus padres se han mudado a una casa en la nueva sección sur de la ciudad. Larry Faherty adora México, ha ido de vacaciones allá desde que fue estudiante de primer año y me habla en español. Aunque yo le contesto en inglés. Mi madre se preocupa de mi relación con Larry Faherty. Ambos nos vamos a San Francisco a comer cocina francesa. Y nos trasladamos a donde sea para ver Orfeo Negro.

Larry Faherty está en Nueva Orléans con su familia para pasar allá la Navidad, así que no hemos pasado juntos la noche de Año Nuevo yendo al cine. Me mandará una postal escrita en español.

Deben ser las dos de la mañana cuando el Plymouth azul de mi hermano se estaciona en el garage. La puerta del auto se cierra de un golpe.

Entra por la entrada posterior, abre el refrigerador y se escucha el entrechocar de botellas. Mi madre lo llama. "¿Apagaste la luz?" "Sí." Su voz está cargada de estadunidense falta de respeto.

Escucho sus pasos en las escaleras. Cierro los ojos. Prende la luz por un momento y luego la apaga. Se mueve alrededor, a oscuras. Y se tira sobre la cama. Es enero de 1960, al filo de mi adolescencia, en las primeras horas de la nueva década, entre los olores y el calor de todo aquello que se perdió para mí; decido poner mis ambiciones fuera de mis pensamientos y me quedo dormido.

 

Los protestantes

Un día entre semana pedaleo en mi bicicleta enfrente de la iglesia presbiteriana de Fremont. Las puertas están abiertas de par en par. Me detengo a mirar. Pintores de brocha gorda montados en andamios pintan de blanco los muros. Entro. La estancia destella con la luz del día filtrada a través de vitrales donde predomina el color amarillo. No hay estatuas a los lados, ni altares. Hay un púlpito de madera en el cual se encuentra una cruz dorada. No hay reclinatorios en los bancos de iglesia. ¿Es que acaso los protestantes no rezan de rodillas? Ésta es sólo una sala --un lugar de reunión-- ahora vacío excepto por sus pesadas luces doradas y por los pintores. Mi iglesia nunca estará vacía en tanto el rubí alimente la llama del santuario. Mi iglesia está llena de todos los tiempos y todos los lugares. Me da igual, a mí me gusta este cuarto austero, esta coraza protestante vacía. Pienso en ello mientras me alejo en mi bicicleta.

Es 1956. Es verano y, aunque todavía no es el mediodía, el calor seco de Sacramento promete subir sobre las nubes de polvo hasta más de cien grados farenheit. Odio el verano en Sacramento. Es algo llano y aburrido. Y sin embargo hay algo en el verano que me hace ir con él y moverme fácilmente en su interior.

Estados Unidos vive en verano. En la escuela, durante el resto del año, Estados Unidos es una abstracción, un himno o una idea ad hoc para la clase de civismo. Es mucho más fácil ver qué significa la Unión Soviética. En las iglesias, al final de la misa, el sacerdote reza por una "conversión de la Unión Soviética", ya que es el deseo de Nuestra Señora de Fátima. Rusia no es una abstracción, es mala y tiene la cara roja del demonio o la mirada gomosa de la gente que distribuye sopa aguada de enormes peroles. Rusia lleva la carga de la historia, de la gente que emigra, de gente forzada a abandonar sus hogares. Estados Unidos no tiene gravámenes de la historia y crece como la hierba, sube como el calor, como un aeroplano. Estados Unidos se abre como un abanico o como un libro en verano. En la biblioteca Clunie de McKinley Park, los libros que más me gustan hablan de la niñez y el verano.

Mi Sacramento se convierte en Estados Unidos. Estados Unidos es la quietud de una tarde de verano, una luz color melón, los charcos de sombra sobre la calle mientras pedaleo mi bicicleta. Hay un aroma de pasto recién cortado. Piensa en Estados Unidos y pensará en extensiones de pasto, alimentados a la fuerza, rectángulos verdes, nuestros campos de pastoreo, nuestros campos de juegos, nuestras tumbas.

Los sábados corto el pasto de la entrada. De rodillas recorto las orillas. Luego me quito los zapatos para regar la banqueta. Alrededor del mediodía, cuando he acabado, las viejitas de Estados Unidos, que tienen polvo bajo los brazos y traen amarrados sus sombreros de paja para el verano, pasan caminando y me felicitan por "tener mi casa tan limpia y bonita. ¿No podrías darte una vueltecita ahora por mi casa?"

Sonrío porque yo sé que es asunto importante en Estados Unidos mantener los prados bien recortaditos y reverdeciendo. Y a mí me importa que mi prado sea tan bonito como otros prados de la cuadra. Los sábados por la mañana Sacramento se ocupa de pintar, martillear, de lavar el coche. Yo me siento feliz de ser parte de la actividad. No puedo explicarlo, tengo doce años de edad, no hay manera de discernir el aspecto teológico de lo que siento respecto de Sacramento. No sé que el negocio es el protestantismo.

Detrás de la fachada protestante de nuestra casa, el problema es México. El problema es Irlanda, el problema es Roma. Yo estimo la misa latina y confío en las preguntas y las respuestas. Siento la seguridad de pertenecer a una institución que se extiende a lo largo de los tiempos. En casa siempre tenemos por qué rezar. Porque alguien está enfermo, porque alguien no tiene trabajo. Por las noches mi familia reza un rosario cinco veces y diez Ave Marías. Para pedir favores.

El catolicismo en nuestra casa, nuestra fe mexicana, se centra en la Virgen de Guadalupe. Y es la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, con su rostro abatido, la que cuelga sobre la cama de mis padres. La Virgen es nuestra, dice mi madre. En el siglo XVI, poco tiempo después de que los españoles conquistaran México, dejando a los indios desmoralizados, la Virgen María bajó en una nube de trinos de aves y se le apareció a un pastor llamado Juan Diego. Lo nuevo para el Nuevo Mundo era que la María del cristianismo apareció bajo el disfraz de una princesa indígena.

El problema es que la Hermana Mary Celestine decide representar con nuestro grupo de sexto año la historia de la Virgen de Guadalupe y no me elige a mí para representar el papel de Juan Diego.

--¿Por qué no? --quiere saber mi madre durante la cena. La hermana Mary Celestine eligió a Peter Veglia para hacer el papel de Juan Diego.

--Los Veglia no son mexicanos --dice mi madre enderezando su cuchillo y su tenedor--: Ellos son españoles.

La hermana Mary perdió la brújula. (Peter Veglia es bonito. Mi madre es la que se equivoca). Mi madre termina diciendo que hablará con las monjas.

--No, no lo hagas --le digo.

Acabo interpretando un indígena asombrado durante una escena donde hay una multitud. Fuera del escenario escucho cómo la Guadalupana, con estrellas de papel aluminio estampadas en su manto, le habla tiernamente a Peter Veglia. Ella le dice que quiere que los indios vengan a ella a buscar ayuda para soportar sus sufrimientos. No le promete terminar con el dolor humano. Ella le dice que compartirá el sufrimiento de los indígenas, lo cual nos da pie para que los indígenas entremos al escenario arrrastrando los pies para luego caer de rodillas. El telón cae de manera tan irresoluta como se ha levantado.

¿Qué le enseñó México a mis padres? Se vinieron a Estados Unidos; habían roto con su pasado. Mis padres eran gente muy trabajadora. Les estaba yendo bien. Habían comprado un De Soto de segunda mano pero hermoso. "Nada dura cien años", dice mi padre, mientras observa el De Soto azul. Lo dice todo el tiempo; es su consejo. Yo estoy sentado a mis anchas frente a la televisión, leyendo la revista Time. Mi madre me llama para que saque la basura. "¡Ahora!" Mi padre me mira sobre el borde el periódico y dice: Nada dura cien años.

Creo que me gustaría ser arquitecto. Hago planes para construir enormes parques de diversiones que embellezcan a Sacramento. Estoy muy complacido por el nuevo hotel de doce pisos que se construyó en el centro de la ciudad, el Hotel El Mirador. Sacramento satisface mi optimismo. Se está planeando edificar un nuevo centro comercial de Sears.

Sacramento está anexando nuevas tierras, kilómetros de tierras vacías. United Airlines ha anunciado su servicio directo a Nueva York. Todo eso me importa a mí. Me imagino que estoy en el mismo centro del mundo. Estados Unidos es el mejor país, California se ha convertido en el estado más poblado y Sacramento es su ciudad capital.

Se vuelve un tipo de broma entre mi padre y yo. "La vida es más difícil de lo que te imaginas, muchacho." Estás pensando en México, papá (mientras lo digo doblo los periódicos para el viaje). "Ya verás", me dice.

Una de mis tías que se había ido a México de visita ha regresado de allá y le cuenta a mi madre que el peldaño de madera de la vieja casa cercana a Guadalajara, el peldaño de la parte baja, sigue sin ser reparado. ¡Treinta años han pasado! Ambas se ríen. Mi padre está atento a la manera en que Sacramento se repara a sí misma. Una lámpara de una calle se ha fundido, un bache se abre en el asfalto, la rama de un árbol se ha partido y alguien llega de "la ciudad" y lo repara en un día. Mi padre menea la cabeza. Es lo más cerca que ha llegado de alabar a Estados Unidos.

Al igual que las monjas irlandesas, mi padre se la pasa recordando cosas. Él recuerda la revuelta política en México. Habla de las intrigas de las logias masónicas en México. Habla de cómo Estados Unidos le robó a México lo que ahora es el suroeste estadunidense. (Y cómo los mexicanos jamás lo podrán olvidar.) Recuerda cómo los estadunidenses murieron en El Álamo para volver a Texas un estado esclavista. ¿Y qué hace la puta historia? Le da Texas a los gringos.

Estados Unidos tiene una versión diferente de los hechos, la balada de Davy Crockett. En la televisión, los mexicanos de Walt Disney que pelean en El Álamo están vestidos con uniformes de estilo afrancesado, con tirantes blancos cruzados sobre el pecho. Lo miro junto con mi familia en el piso de abajo. Y por primera vez deseo que los estadunidenses, esos grasientos texanos, pierdan y mueran.

En esa época, en que la mayoría de los niños de Sacramento se ponían gorros de mapache, mi padre me cuenta la historia del Batallón de San Patricio. En el siglo XIX había inmigrantes irlandeses en Estados Unidos, en su mayoría adolescentes, que se enlistaron para pelear en la guerra México-Estados Unidos. Y fueron enviados a México, y cuando vieron cómo los gringos se comportaban en las iglesias católicas y cómo trataban a las mujeres, los irlandeses cambiaron su bandera, según dice mi padre. Así que los estadunidenses los ahorcaron por traidores una tarde en México.

México era un lugar para los recuerdos. Estados Unidos era el comienzo del futuro.

Irlanda se convirtió en la isla mediadora. Yo crecí en Irlanda. Los sacerdotes y las monjas parecían creer en Estados Unidos. Los padres eran optimistas. Eran maestros de obra y golfistas. Cantaban voz en cuello su latín. Manejaban a gran velocidad sus automóviles de color negro. Usaban camisas hawaianas. Se esforzaban en ser gente normal y contaban chistes para ocultar su vergüenza cada vez que hacían colectas para un nuevo hospital o una nueva escuela secundaria.

Las monjas me enseñaron el preámbulo de la Constitución. Las monjas me enseñaron la confianza. No había duda de mi pertenencia a Estados Unidos. De manera literal, quiero decir. Ninguna duda al respecto. No había duda de que el inglés era mi lengua. Las monjas eran tan poco sentimentales como los sacerdotes eran sentimentales. Todos asumieron mi éxito estadunidense.

La única excepción a la regla de la confianza en la escuela era la clase de religión. Al comienzo del día, después de la "ofrenda matutina", después de jurar lealtad a la bandera de Estados Unidos de América, nuestros jóvenes corazones eran sumergidos en el baño frío de Irlanda. Durante cincuenta minutos la vida se volvía sal, un valle de lágrimas. Nuestra galería --nuestra historia, geografía, aritmética-- era Irlanda. La historia del hombre era una historia de pecado que no podía ser salvada con cosas tales como la Declaración de Independencia. La tierra eran relojes y botellas y pesos completos. La tierra eran ruedas y ruido y suspiros y muerte. Todos nos vamos a morir. El cielo era la felicidad eterna, era un reino de gracia que brillaba sobre la ciudad alta y sobre las mansiones de esa ciudad. La tierra era Irlanda y el cielo era Irlanda. La daga en el corazón de María era la tristeza por los pecados del hombre. El corazón sangrante de Jesucristo era la tristeza por los pecados del hombre. Nuestro único consuelo es Nuestro Redentor, nuestro querido Señor. El hombre necesitaba de la intervención de Cristo, Su muerte en la cruz. Dios el Padre nos ha dado a Su único hijo. Esa cruz que llevas, Patsy, no es un bonito adorno; es como llevar una silla eléctrica colgada del cuello. Cristo había instituido una escuela --con sacerdotes, sacramentos y misas-- y el hombre requería de la constante mediación de los santos, de la iglesia y de la ayuda especial de la Madre María para mantenerlo en el camino de la rectitud. Dejado solo a sus medios, el hombre se ponía a seguir un camino errático y equivocado al igual que César o Enrique VIII.

A las nueve y media cambiábamos de materia. La clase se dedicaba a los ejercicios de ambición mundana --leer, escribir, ortografía-- para prepararnos a ser gente adulta en un Estados Unidos de tira cómica. Las monjas nunca conciliaron los rostros de la comedia y la tragedia, y jamás le vieron ninguna utilidad.

Cuando estaba en la secundaria, el enjambre de puntos magnéticos de la pantalla de televisión comenzaron a agruparse para formar rostros oscuros en las noticias de la noche; el Movimiento por los Derechos Civiles estaba comenzando a atraer la atención nacional. El protestantismo negro me había parecido hasta esa fecha una desconcertante exhibición de mujeres sudorosas y hombres de voz húmeda que estaban encadenados a un ritmo que me era extraño. De repente apareció en las noticias de la noche el doctor Martin Luther King Jr., y todo lo que pensé conocer de santos comenzó a cambiar mientras contemplaba su rostro y escuchaba su voz. Comencé a creer en héroes.

Para la fecha en que entré a estudiar a Stanford yo creía en una historia hecha por el hombre. Fui tutor de niños del ghetto. Marché en el centro de Palo Alto en mi primera manifestación contra la guerra. Yo estudiaba la especialidad de inglés en Stanford; sin embargo comencé a incrementar mis estudios en otras áreas, tomando cursos de religión, principalmente de protestantismo. Adopté un nuevo héroe, un teólogo protestante llamado Robert McAfree Brown. Eran los años del ecumenismo y yo había perdido con la edad las precauciones respecto del contacto con no-católicos. Con avidez mordí la manzana del protestantismo de la que me habían prevenido las monjas, y reconocía su dulzura. Cuando mi madre se enteró de que estaba tomando un curso de labios de un ministro protestante, me hizo prometerle que antes le pediría permiso al capellán de Stanford. Y no lo hice, aunque yo le dije a mi madre que sí.

Y así dieron comienzo mis años de protestante. Fui atraído por la modestia del estilo, las voces francas de Luther y Calvin, libre del cinismo artero de México y la quejumbrosa poesía de Irlanda. Y había un masculino llamado a la acción. Una semana el doctor McAfee Brown voló a Roma para asistir como delegado oficial protestante al Concilio Vaticano. Todo el tiempo se la pasaba escribiendo libros; sabía más de catolicismo de lo que pudieron contarme las monjas. La siguiente semana viajaría a Selma.

Yo ingresé a una maestría en estudios religiosos en la Universidad de Columbia; tomé la mayoría de mis cursos al otro lado de la calle donde se encontraba el Union Theological Seminary. Cuando la Universidad de Columbia cerraba sus puertas debido a plantones y manifestaciones, yo me iba a leer autobiografías puritanas del siglo XVIII en la biblioteca de la Union, libros sobre personas que aprendieron a leer muy tarde en sus vidas. Nos hablan desde sus casas de pino y desde el interior de su círculo de veladoras acerca de sus confrontaciones personales con Dios.

¿Eran éstos los renombrados puritanos obstinados? Aquí vemos que son personas que creían en la posibilidad de cambio, en la repentina conversión. Uno podía volver a nacer, el pecado podía ser puesto patas arriba como una mesa de madera, como un balde de agua. Con la ayuda de Dios uno podía estar parado sobre sus propios pies. No había necesidad de tragedia. ¿Había entonces necesidad de ángeles y sacerdotes?

Fue así como a finales de los sesenta, en una biblioteca neogótica de Nueva York, encontré una teología para escapar del escepticismo de mi padre y de la famosa intimidad de mi madre con la Virgen María.

Mientras leía, recordaba los prados bien cortados de Sacramento y vi el rostro del Puritano. Era el rostro viejo de una anciana el que vi; vestía un vestido amarillo con flores estampadas en los bolsillos y un sombrero para el sol. Ella venía hacía mí para felicitarme por tener mi prado tan bonito. Ella me sonreía.

 

El mal

Por mi parte es menos una decisión de conocer a Larry Faherty que la fascinación de negarme a mí mismo.

--Faherty, quítese esos ridículos lentes para el sol --el hermano Michael hace una pausa mientras nos lee la Iliada.

Flaco, pálido, los hombros caídos, Larry Faherty ganó ayer el concurso de ensayo, el que quería ganar a toda costa.

--Faherty, contaré hasta tres para que se los quite. UNO...

Nuestro cortejo: Larry y yo estamos sentados al final del campo de futbol durante la hora del recreo, bastante lejos del prefecto de la escuela. Larry guarda los cartones de leche para usarlos como ceniceros. Larry ha estado leyendo un libro de James Baldwin acerca de los negros en Harlem. Larry Faherty ha estado en Nueva York. Larry Faherty le dice "Sacramental" a la ciudad de Sacramento. Larry escribe poesía. Yo fui a México con mis padres a visitar parientes. Larry asistió a escueles de verano en México para aprender español. Larry no le tiene miedo a México. Algunas veces se refiere a México como si se tratara de un hombre. "Todos nos fuimos al putero", me dice al tiempo que le tira la ceniza a su cigarrillo. Algunas veces habla de México como si se tratara de una mujer. Nadie allá le pregunta si es gringo. Los mexicanos le hablan sólo en español, con cortesía; es la lengua, dice él.

Larry Faherty protesta por lo reducido de nuestra isla.

Peter Raderman, con su corte de pelo a cepillo y vistiendo el suéter de la escuela, me advierte confidencialmente (y por mi propio bien) que Larry Faherty causará mi ruina..."social". Larry está poniendo en peligro mis tenues lazos de amistad con el círculo de glamorosos atletas y de las celebridades sociales de la escuela. Mi madre se preocupa. Mis padres viven asombrados de los padres de Larry. La mamá de Larry es maestra y su padre trabaja para el gobierno. Mi hermana Sylvia, cada vez que ve pasar a Larry montado en su bicicleta, exclama: "¡Mira su pelo!"

El pelo de Larry Faherty es largo y grasiento. Cada cuatro semanas el cabello de Larry le crece hasta el cuello de la camisa. Y siempre se da la confrontación en la clase de inglés del hermano Michael.

--DOS...

El hermano Michael está en sus veintes, es apasionado, atlético y sarcástico: el material básico para tener confrontaciones. No tan sólo entiende a los clásicos, él desempeña el papel principal. Todos los muchachos piensan que él es su maestro favorito. Yo también. Me he convertido en su mascota favorita. Cuando estoy fuera de la escuela. El hermano Michael me impulsa, pasa el rato conmigo, me compromete a escribir para el periódico de la escuela. En la escuela trato de no mostrarme demasiado afecto al hermano Michael. Como les digo, yo soy el listo de la clase. Como Falstaff, recibo golpes y luego yo golpeo a mi vez. Estoy listo para reírme de tu humillación de la misma forma que tú te ríes de la mía.

Larry Faherty está sentado en silencio, me juzga cada vez que hago reír a la clase, aun a expensas del hermano Michael, lo cual, yo me figuro, debería también divertirle a él.

Larry Faherty es el único de la clase al que considero más brillante que yo. Sus ensayos, escritos la noche anterior, contienen palabras grandes, puestas ahí como cerezas que adornan el pastel. Cuando Larry es corrido de la clase, no se le permite regresar hasta que no haya ido a la peluquería. Y debido a que yo soy el escolar católico obediente, el que nunca se mete en problemas, estoy fascinado de la actitud desafiante de Larry.

--TRES.

Un susurro de sarga negra, el aire impregnado de olor a almidón y a sudor del hermano Michael es lo que se percibe mientras pasa entre las filas de bancos. Luego un furioso manotazo arroja los lentes oscuros al piso.

Yo también me río cuando el amortiguador neumático de la puerta ha terminado de cerrarla a espaldas de Larry. Mi madre no tiene nada qué temer. Siempre me sentiré atraído hacia Larry por la misma razón de que no soy como él. Porque yo soy católico.

Los hermanos cristianos han sido tradicionalmente los maestros de los pobres. Se habla de que vendrán los jesuitas a construir una escuela para ricos en los suburbios. En Sacramento, la secundaria de los Hermanos Cristianos le enseña a la clase media. Pero el carácter del gobierno macho es duro de pelar. Habrá oden en el salón de clase porque hay un orden en el universo: marchas, genuflexiones, alocuciones reverentes. Estoy en deuda con mis mayores, los estudiosos, los teólogos que me precedieron. Mi maestro, por definición, adquiere autoridad.

Durante un retiro religioso en la escuela, un sacerdote redentorista que viaja a todos lados le da consejos a la asamblea de 500 muchachos; de su faja le cuelga un crucifijo. Su voz es atronadora. Habla de aquel niño que se fue a una escuela no-católica y perdió su fe porque fue alentado a creer que él conocía todas las respuestas, pobre tonto. El pecado del orgullo. El orgullo significa no someterse a la autoridad. El orgullo significa insistir en el modo particular de ser de cada uno. El orgullo, caballeros, es un lugar solitario, solitario como el infierno.

El propósito de la religión católica no era la "originalidad". Con los Hermanos Cristianos nosotros leíamos a Santo Tomás de Aquino y a Shakespeare. Con los Hermanos Cristianos, tener una mente propia era tener problemas. Como los tenía Faherty. Se nos entrenaba para conservar el orden. De mi clase en la escuela de los Hermanos Cristianos saldría otra generación de policías irlandeses católicos y agentes del FBI y bomberos y hasta un hombre del servicio secreto de la Casa Blanca.

Un niño llamado Denny que está sentado adelante de mí en la clase de francés, y que esta mañana viste una camisa a cuadros, será policía. Una medianoche lluviosa se le verá manejando por una calle anegada y será asesinado de un disparo de escopeta que pasará por la ventana del pasajero. En 1961, mientras da su clase de francés el hermano Paul, Larry Faherty golpetea con la goma de su lápiz la tapa de su libro de gramática francesa. Santo Dios, vaya que le aburre la clase del hermano Paul; está aburrido de él, del idioma francés, de Sacramento. Larry lo que ama es México, no Francia. El español.

Larry me fastidia por no hablar español. Me llama afectuosamente "pocho", la palabra injuriosa para el hijo que pretende ser gringo. Larry mide uno ochenta metros de alto, es bien parecido y me habla en español. Yo le contesto en inglés. Pasamos un verano trabajando para la campaña electoral de John F. Kennedy. Vamos al cine. Me cuenta lo que debería haber aprendido de sexo, las muchachas, y lo dice de manera tierna y pausada, un poco ahora y un poco después, para que entre en la alberca de aguas claras de mi imaginación. Hablamos de política y de México y del hombre que Larry vio caer muerto en un charco de sangre en una calle de la Ciudad de México. Las noches de los viernes me toca el cláxon del Chrysler de su papá para que lo acompañe; un cigarrillo le cuelga de los labios. "Salutti Beulah Mumm", grita en dirección de la ventana de Beulah Mumm, el bibliotecario que vive al lado de nosotros. "Salutti Cerrutti", dice tocando el cláxon frente a la casa de la señora Cerrutti. "Ese muchacho tiene algo divertido", dice mi padre. Vamos juntos a una cafetería donde tocan jazz. Ordenamos café express. Yo nunca me termino mi taza. Músicos negros de preocupados ojos rojos tocan de manera aburrida durante horas. Le divierte a Larry darles mucha propina a las meseras --algunas veces dos o tres veces el monto de la cuenta--, "para ver cómo reaccionan". Y la mesera --por supuesto-- se queda con el dinero, aunque con la cara más tiesa que un palo.

Larry me menosprecia por no arriesgarme. Yo me rehúso a tomar aventones. Me niego a fumar cigarrillos. Rehúso el español. Y sin embargo pienso que Larry siente México dentro de mí; yo soy su medio para escapar de Sacramento. Pero si yo soy su negro, él es el mío también. Su desinteresada actitud respecto del dinero, su casa con alberca las considero características étnicas. Lo que condena nuestra amistad es que nos traspasamos con las miradas. Lo que él ve en mí es la inocencia, un complejo de inferioridad, México. El desenfado de su parte respecto de las cosas que a mí me gustaría poseer. Yo quiero aquello que él dice rechazar. Yo me congracio con los padres de Faherty y soy invitado a pueblos del sur de la costa californiana donde ellos suelen pasar los veranos.

Y así durante tres o cuatro años llegamos a conocernos el uno al otro mejor de lo que conocíamos a cualquiera. Pero luego llega la época de graduarse y yo me tengo que ir a Stanford; "Stahnnn-ford", pronuncia Larry con una voz pastosa, de personaje de caricatura, desaprobando mi decisión. Larry también entrará en una universidad. Pero hay ciertos problemas. (Larry no se explica bien por teléfono.) Va a ser transferido a otra universidad del oeste medio. Mantenemos correspondencia por carta. Nos vemos en Navidad. Larry se ha vuelto más triste, más guapo.

Un verano Larry se une a los Cuerpos de Paz, convirtiéndose en un buen cadete de Kennedy. Hay guerra en Vietnam y Lyndon Johnson es presidente. Larry escribe desde África. Hay problemas otra vez. Larry ha sido expulsado de los Cuerpos de Paz; Larry declara a los periódicos de Sacramento que su expulsión se debió "a que no traía la piyama puesta". El Cuerpo de Paz dio una respuesta vaga.

1968. Los dos estamos metidos ahora profundamente en los sesenta. Pero Larry Faherty no tiene a dónde ir cuando se van los años sesenta y llegan los setenta. Desde África me cita a Ayn Rand; le disgustan las respuestas uniformes de la nueva y muy a la moda izquierda. Sus malos ratos se le pasan. Su corazón liberal no puede justificar la intervención estadunidense en Vietnam, y así me lo menciona en su siguiente carta.

Las cartas se vuelven menos frecuentes. Yo vivo en Nueva York. Me entero de que él vive en París. No tengo su dirección allá. En Nueva York, en Columbia, las manifestaciones estudiantiles de abril han cerrado las puertas de la universidad. Políticamente todavía me considero como perteneciente a la izquierda. Le escribo cartas a los congresistas. Marcho en manifestaciones contra la guerra en la Quinta Avenida. Pero no puedo seguir el paso de la década. Mi deserción coincide con el asesinato de Martin Luther King Jr. Después de su muerte, la visión paulina de una sociedad unida se ve minada por escritorzuelos radicales como Stokley Carmichael, que proclama una línea separatista protestante. La virtud de los sesenta va de la integración al desafío. La postura del individuo independiente es considerada glamorosa. Estudiantes de Columbia están leyendo El estudiante como negro para justificar su privilegio, una versión de nobleza obliga que me trae a la mente las mofas de una comedia en el Wodehouse.

No creo en repentinos cambios protestantes, ni en reformas, como tampoco en los desvanecimientos como en las liberaciones. Mi amistad con Larry Faherty no ha disminuido.

Hay un vacío, una suspensión, un alineamiento con la tarde de verano mientras camino desafiante hacia la biblioteca, entre los vociferantes estudiantes y los silenciosos policías. La protesta está a mi alrededor, acerca de la necesidad de tener más "estudiantes de minorías" y acerca de la universidad "racista" que no lo admite. Se arrojan piedras y botellas y me doy cuenta de que los caballos vienen a la carga.

Por razones tanto religiosas como de temperamento me es imposible imaginar una causa que justifique la toma de las oficinas de una autoridad. Jamás seré un héroe del tipo de los años sesenta. Irá a la biblioteca a confrontar la Reforma protestante.

Un anuncio puesto en la ventana del dormitorio de alguien urge a los peatones que pasan por ahí a "Cuestionar a la autoridad". ¿Por qué debería yo (cargando mi maleta Samsonite) cuestionar a la autoridad, como si se tratara de un simple reflejo?

Un augusto historiador de la historia protestante dicta una conferencia sobre Galileo --el ejemplo inevitable-- en el salón de clases donde me encuentro. Estoy en silencio aunque debería protestarle que si la Iglesia se había equivocado, posiblemente había sido por una buena razón. Ya que la Iglesia buscaba proteger la visión comunal del mundo católico, que era una cosa redonda, de peso y adorable, en contra de admitir una novedad que llevaba implícita la anarquía. Lo novedoso sólo podía derivar de la Iglesia; una cuestión de autoridad, no de hechos.

Estados Unidos es producto de la idea de libertad del Norte de Europa. ¿Cómo podría yo protestar? Estados Unidos ha justificado la modernidad. ¿Escuchará Estados Unidos a un niño de escuela católico defender el sueño católico medieval? ¿Qué valen para Estados Unidos las ideas de autoridad, comunidad y continuidad? La tolerancia es la noble virtud protestante que viene a remplazar la ortodoxia católica. Faltos de un deseo de unión de los católicos, ¿qué pueden prestarle los años sesenta de los protestantes estadunidenses a la empresa protestante que no sea un montón de utopías carcomidas por la polilla --regresiones a un mundo arcano--, trampas para nómadas, religiones naturales, hongos, sítaras e incienso?

Los sesenta le ofrecían la seguridad a la clase media estadunidense, incluso a los estadunidenses de las clases superiores que añoraban la pureza, de poder deligarse de ellos mismos, de verse a sí mismos por virtud de una época como huérfanos de autoridad y de esa manera conseguir una última identificación con "la gente". Todo lo que tenías que hacer era irte de tu casa.

Un amigo con la cabeza vendada a raíz de un golpe recibido durante los enfrentamientos entre los estudiantes y la policía en la Universidad de Columbia me confesó que, durante los plantones, había llegado a comprender el significado de la palabra "comunidad".

La mayoría de los cientos de policías antimotines que se encontraban en el campus de la Universidad de Columbia comían en el John Jay Hall. Comían todos ellos de un lado de la cafetería y la mayoría de los estudiantes del otro. Yo me acostumbré a, desde un punto de vista teatral, sentarme del lado azul, entre los que mi intuición me hacía considerar y reconocer como los ángeles justos.

No lo era en aquel entonces y no lo es ahora un asunto de divorciarme de las opiniones de la izquierda. En el contexto de la política, yo estaba a la izquierda. Pero en un debate más amplio yo elijo el lado católico, incluso aunque vea claramente lo protestante como una necesidad. Considero la era del individualismo como algo muy alejado de las necesidades comunitarias, como una exploración de los límites a los que yo particularmente llamo por su nombre católico: un error.

¿Qué pasó con todos los otros niños con los que crecí en la escuela de los Hermanos Cristianos? ¿Qué fue de mis maestros? ¿Qué fue de la iglesia? Fuímos educados en el siglo XVI y luego arrojados a nuestros propios medios en medio de una ciudad moderna.

A un par de kilómetros de donde vivo, un ex policía y ex boxeador llamado Dan White fue electo miembro de la Cámara de Supervisores de San Francisco. La ciudad de los gays, de las drogas, la violencia y el rock. Dan White confundía los barrios con pueblos. Nunca antes había estado en una ciudad. Se volvió loco. Escaló hasta una de las ventanas del City Hall y entró por ella, llevando un arma cargada en el bolsillo. Le dio de balazos al alcalde y a un miembro homosexual de la Cámara de Supervisores. Los periódicos, en sus artículos, describían la casa de Dan White. Había mapas de Irlanda en las paredes, cromos de santos y discos de baladas irlandesas sentimentales y conmovedoras.

Es más probable reconocer el material de las baladas y su influencia en la vida de Dan White que reconocer la historia de un hombre deshonrado, el dilema de un católico estadunidense que condujo a una conclusión imposible.

En la década de 1840 el argumento nativista para no aceptar a los irlandeses en Estados Unidos era México. El temor era que los irlandeses conspiraran junto con sus compinches papistas para derrotar a los Estados Unidos protestantes. La verdad de mi educación fue que el catolicismo convertía a los inmigrantes irlandeses, como a mí me sucedió, en el tipo de estadunidenses que defendían una idea colectiva de Estados Unidos, quizá aún más que los sacerdotes puritanos para quienes esta patria era un escape.

Algo me queda claro ahora acerca de Larry, y se refiere a mi traición hacia él. La última vez que vi a Larry Faherty estaba agachado en el asiento posterior del Chrysler de su papá en el estacionamiento de la estación de autobuses Greyhound. Larry quiso verme. Nuestro encuentro fue apresurado, nervioso y falto del fervor que se requería. Larry andaba de huída, estaba seguro que la policía lo buscaba por tener problemas con la oficina de enlistamiento. Se suponía que no debía poner pie en el país.

--¿Salutti Beulah Mumm...? --y se echó al hombro la bolsa de lona.

Ya vete, pensé.

Y acto seguido un polvoriento camión de la Greyhound se llevó a mi héroe. Lo último que supe es que está en México, donde me imagino que su alma rebelde se encuentra sumergida en aguas tibias y corruptas.

En 1973 fui a Inglaterra a realizar estudios de puritanismo y desarrollar una novela. Me senté a leer en la oscura biblioteca del Instituto Warburg el libro de Miton, El paraíso perdido. Aun cuando me fascinó el glamour del Satanás de Milton, me vi en la absoluta necesidad de apartar el ojo de mi alma de la lógica que hace del mero individualismo una virtud. La lógica de la fe de Milton hizo de Satanás el héroe de la creación del hombre.

 

El enviado

"Ensayos personales", me escribe la editora --no teoría; autobiografía--. Menciona que está haciendo una recopilación de distintos puntos de vista. "Describa la odisea por la que usted pasó en los sesenta, cuánto ha cambiado su vida desde aquel entonces..."

Los sesenta nunca me sucedieron a mí. No me divorcié, nunca tomé drogas, tampoco me fui de campamento al desierto, a dormir dentro de una combi. No fui enviado a Saigón o desterrado a Canadá. "Ni siquiera escucho rock", le dije.

Los sesenta fueron tiempos gringos. ¡Una época de crisis para la clase media blanca! La clase media blanca decidió que ya no quería el diploma, la toga y el birrete que yo tanto quise en mi niñez. La clase media blanca pretendía ser pobre. Yo tomé los premios, tantos como pude, porque no tenía competencia.

El hombre que vive del otro lado del pasillo me dice que está interesado en estudiar hinduismo. Él creció siendo un irlandés católico.

La norma en los años sesenta fue el rompimiento, cortar amarras. Pero en cambio yo creo en un tiempo continuo, así como creo en Dios. Creo que el niño de diez años seguirá implacablemente al hombre de cuarenta. A cuatro cuadras de donde vivo mis padres se casaron, en la iglesia de Saint Dominic. En cuarenta años he viajado y vivido en distintos países y ciudades, he ido a las universidades y he conocido gente. Y he terminado viviendo a cuatro cuadras del departamento donde vivió mi mamá cuando ella llegó por primera vez a Estados Unidos.

Me hubiera gustado que creyeran que pasé a través de los sesenta protestantes ciego como Brideshead. Como escolar católico se me enseñó, aunque sólo fuera eso, que vivimos en un grupo. Irónicamente, esta lección me implica en los sesenta. Aunque seguí siendo católico en los sesenta, no evadí los sesenta como tampoco mi iglesia.

Vivo solo. No tengo niños. Leo por las noches. Salgo a correr al mediodía. Vivo en un departamento de un edificio victoriano diseñado para albergar a una optimista familia del siglo XIX con varios niños bien educados. No hay niños en el vecindario. La mayoría de las personas que conozco bien viven vidas que semejan la vida de nuestros padres.

--Regresa al mundo de seguridad de tus monjitas irlandesas que te adoraban por ser tan obediente --me dice un amigo mío. Es judío. Él no asiste a la sinagoga; en cambio se la pasa vagando por los baños públicos de los parques de la ciudad, buscando experiencias sexuales. Mi amigo dice que él es cuidadoso. Dice que soy un sentimental.

La iglesia de Saint Dominic está cuadra abajo, es oscura y rara vez va alguien. La mayoría de los asistentes que son de mi edad se sientan solos, abrazando sus almas marchitas, o se quedan ahí, mirando a la nada mientras alrededor se rezan letanías de misterios vulgarizados, para luego ponerse de pie e irse a sus casas.

Es una liturgia que nos reafirma a aquellos que vivimos en la ciudad, que nos provee de eso que dudamos llamar nuestra fe. La Iglesia insiste en que somos una comunidad todavía, a pesar de la evidencia que significan los bancos vacíos de las iglesias. El lector anuncia "La proclamación de la fe" por el micrófono: "Letra B. Página 36 de sus misales: 'Al comer de este pan y beber de esta copa...'". La proclamación de la muerte del corazón.

La mayoría de los domingos cruzo la ciudad para asistir a misa en la parte hispana, en la iglesia de San Pedro, una iglesia irlandesa del siglo XIX. Es oscura y de una opulente vulgaridad, con pisos que rechinan y una galería de estatuas pintadas susceptibles a las velas y las rosas. Un viril San Patricio ocupa un pequeño pabellón gótico que está a la derecha del altar principal. La iglesia está hoy llena de españoles, con niños de ojos oscuros y padres adolescentes, y con los aullidos ululantes de los bebés, mismos que me recuerdan a las ánimas del purgatorio, y también con desentonado canto a garganta pelada de las mujeres de México.

Durante la misa estudio los vitrales emplomados dedicados a las benditas memorias de Mary Ann y San Patricio. Los irlandeses han abandonado la ciudad para irse a los suburbios. Espero que esta generación de gente hispana sentada a mi alrededor lleve a cabo una travesía hacia la clase media y lejos de esta iglesia de barrio ubicada en el corazón de la ciudad.

Hay una escena en Hamlet que a mí me parece una de las más tristes del mundo. Hamlet se detiene, literalmente; Hamlet sale de la obra para dirigirse al público. Hamlet queda solo y aparte; Shakespeare ya no cree en la seguridad católica. La fe tradicional de la obra de teatro reside en que somos criaturas sociales; todo lo que es esencial saber de nosotros mismos y entre nosotros mismos lo sabemos a través de la comunión, de la conversación. La obra lo dice todo.

Hamlet se vuelve un hombre moderno cuando dirige su voz al vacío. Deja la obra a sus espaldas --una contracción, una cabina--; el Chrysler de su padre. Hamlet se vuelve una novela, la cual es el género que el protestantismo le dio a la literatura.

A cuatro cuadras de mi casa hay un gimnasio donde hombres pálidos de piernas delgadas están sentados y sujetos con arneses a máquinas que semejan el Nautilus, como si fueran víctimas de la polio. Yo pago por colgar cabeza abajo de una barra escuchando música de Vivaldi en los audífonos. Mi gurú, mi entrenador, es un hombre de veinticuatro años de Dublín que está entrenando para competir el año entrante en el concurso de Mister Irlanda.

Otro maestro, antes de que ella muriera, me mandó una tarjeta, un verso confidencial y florido. La hermana Mary Regis (quien también firma su nombre en el estilo posConcilio Vaticano con su nombre de familia, hermana Mary Downey) me dice que no le será posible asistir a la conferencia que voy a dar en Sacramento debido a "una enfermedad crónica" (se está muriendo de cáncer). "Ténganme en sus oraciones como yo a ustedes."

"Cuando las monjas mueren, mueren solas", me dijo el padre O'Neil (el mismo de las diapositivas de Irlanda) unos meses después. Caminábamos por el patio de la escuela del Sagrado Corazón; nos sigue un fotógrafo que está tomando fotos del regreso a casa para la revista People, dado que mi libro acaba de ser publicado. El fotógrafo le dice al padre O'Neil que "actúe normal".

Recuerdo cuando el padre O'Neil llegó de Irlanda. Su pelo era negro. Era bien parecido. Era tímido. Se disculpaba por saber irlandés, en ese entonces. Durante esta pausa enfrento a un hombre con los dientes dorados y el cabello gris. Pero el acento persiste, como una muestra de que algo de juventud persiste dentro de él.

"Ninguno de sus estudiantes regresó jamás..." Habla de la hermana Mary Regis. Le pregunto cuántas monjas siguen dando clase en el Sagrado Corazón. Hay dos.

La hermana Mary Regis escribe: "Sí, tengo recuerdos de ti, de los tiempos en que estuviste en el Sagrado Corazón. ¿Te acuerdas que cargabas una libreta de notas y hacías miles de preguntas?

Yo les guardo reverencias a todos ellos. Yo les reservo la dignidad que los sesenta no les dio, dejándolos en el ridículo. Nunca aprendí más de otro maestro de lo que yo aprendí de mis monjas, de que la educación es una vocación, una vida santa, autosuficiente, completa.

En Berkeley, en 1975, mis años sesenta llegaron a un fin. La prensa popular descubrió lo que dio por llamarse "mi generación" dentro de los campus. No más revoluciones en climas tibios. Enseñé inglés a los alumnos de primer ingreso mientras ellos, en la parte posterior de mi salón de clases, estudiaban bioquímica además de traer un bagaje de Shakespeare. Yo dictaba conferencias sobre Hamlet.

En un día amarillo de abril la revolución llegó a mí. Era la época en que debía graduarme y tomar un empleo de maestro. Tenía ofertas. Ese día --el día que tenía que tomar una decisión-- decidí rechazar todas las ofertas sobre la base de rechazar todo lo que románticamente se me había achacado en los años sesenta: "El estudiante minoritario", y yo no quería eso. Me encaminé a través de la bahía hacia San Francisco. Públicamente ataqué los años sesenta y me volví uno de los atrapados en las marañas de los recuerdos de esos años en mi época como crítico.

Y así es como estoy ahora, en este domingo por la mañana del año de 1987. Sobre mi escritorio hay un grabado de David Hockney de una serie basado en los Cuentos de hadas de los hermanos Grimm: una silla para leer --vacía-- al lado de una ventana alta. Afuera están los árboles que reverdecen con hojas. Se titula "El niño que se fue de casa".

Dentro de pocos minutos me iré a la iglesia, la iglesia mexicana al otro lado del pueblo de la que ya les platiqué, donde todavía busco mi hogar.

"Recuérdame en tus rezos", le escribía la monja a su alumno de tercer año, recordando que fue uno de los que estuvo al pie de su lecho funeral. Yo también te recuerdo en mis rezos. Oh, Irlanda, Irlanda.

 

--Traducción de Cuauhtémoc García.

 

 


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