Comunicado: Las voces de la selva.

El Subcomandante Marcos y la Cultura

Elena Poniatowska


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Es lógico, justo y necesario que en América Latina surjan de pronto en la sierra, entre los encinares del bosque, en la montaña, hombres y mujeres desesperados que desde lo más profundo de la selva, desde lo más profundo de su abandono, griten, fusil en alto, que los indígenas y los campesinos también tienen derecho a la vida. América Latina vive en guerra. La guerra de los pobres contra los ricos. Es una guerra apagada, latente, oscura, primigenia, la lucha continuada y atroz de los olvidados, con largos años de tregua porque los pobres tienen una resistencia ilimitada y miran inermes cómo se les hace a un lado hasta que un día, uno de ellos, o uno ligado a ellos se levanta y dice que ya basta, que ya no, que más vale la muerte. Sólo cuando esta masa se vuelve peligrosa se reconoce su existencia.

En México el pasado no transcurre, es más, ni siquiera muere. Vivimos la Conquista en carne propia todos los días. No han pasado los quinientos años de la llegada de los conquistadores. Aquí están. En 1995 los indígenas son tratados como en 1519, comparten exactamente las mismas condiciones de vida. Nuestro país es racista, nuestro país es sexista, nuestro país es clasista. En Resistencia y utopía (1528-1940) Antonio García de León, historiador de Chiapas, escribe lo mismo que fray Bartolomé de las Casas, el primer obispo de Chiapas en su Breve crónica de la destrucción de las Indias Occidentales. Don Samuel Ruiz, el actual obispo y digno sucesor de fray Bartolomé, es escarnecido tanto en México como en el Vaticano por su defensa de los indios. En las calles del Distrito Federal y en las de las principales ciudades de Chiapas se pegan carteles con su rostro: Peligroso criminal y Se busca por traición a la patria. Contra nadie se han desatado mayores campañas de hostigamiento en nuestro país. Odiado por los ricos chiapanecos, se dice que él es el comandante supremo de las fuerzas zapatistas y Marcos el subcomandante. Desde 1960, cuando fue nombrado jefe de la diócesis de San Cristóbal por el papa Juan XXIII, Samuel Ruiz optó por los pobres y, en América Latina, optar por los pobres es un crimen y la teología de la liberación ha sido satanizada. En 1993 Ruiz fue investigado por el Vaticano a iniciativa del obispo negro Bernard Gantin, africano de Zaire (of all peoples) encargado de los asuntos de América Latina en el Vaticano y sólo ahora en 1995 L'Osservatore Romano admite que lo único que ha hecho Ruiz es prestar atención a "las justas exigencias de las masas pobres y explotadas de su diócesis".

El tiempo no ha pasado en Chiapas. B. Traven, el escritor alemán que murió en nuestro país en 1969, podría escribir las mismas novelas que en 1930, además de su Estudio antropológico de Chiapas. Sus seis libros de la selva, que él llamó Jungle Series: Gobierno, La carreta, Marcha a la montería, Trozas, La rebelión de los colgados, El General y Puente en la selva son de una actualidad aterradora, nada ha cambiado, nada; bueno sí, algo ha cambiado: ya casi han sido aniquiladas las rain forests, taladas por los cazadores de fortunas, los madereros, los ganaderos en busca de pastizales, los cafetaleros y los terratenientes que, a diferencia de los indios, no tienen una íntima relación con la naturaleza, usan maquinaria pesada, no saben cultivar el cacao a la sombra de los árboles, no saben convivir con la selva sin destruirla, no cuidan la flora ni la fauna silvestre.

Desde 1519 México ha vivido un largo proceso: el enfrentamiento de dos culturas igualmente grandes. Sin embargo, una hizo todo lo posible por aniquilar a la otra, arrancarle de tajo sus raíces, destruir sus templos, quebrarle la columna vertebral. Desde entonces el nuestro no ha dejado de ser un país colonizado.

La iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, una de las más grandes del estado de Puebla, fue construida sobre una pirámide cuyas dimensiones son mayores que las de Kofú, en Egipto. Mide 488 metros de ancho y 62 de alto y su esplendor abarcó un área de 17 hectáreas. La española se le subió encima a la azteca, como Cortés a la Malinche, pero la naturaleza fue sabia al conservar, enterrándolos, los vestigios de un espléndido pasado. Bajo la tierra de México palpitan los dioses y Coatlicue y Hitzilopochtli pueden rivalizar con más de un santo. Todos le rezamos a Tláloc para que llueva. El Zócalo, con su Palacio de Gobierno y su catedral fueron construidos en el siglo XVI encima del Templo Mayor y las últimas excavaciones confirman aún más, de ser posible, la legitimidad, la validez de la civilización precortesiana.

Colonizarlo es quizá lo más terrible que pueda sucederle a un pueblo, aunque ahora se diga que los mexicanos usamos ese pretexto para no salir adelante, actuar como menores de edad, mentir, engañar y no poder resolver uno solo de nuestros problemas. Nuestro país, enorme en tamaño, en vez de engrandecerse ha ido perdiendo terreno. Vendimos Texas a los Estados Unidos y después de doscientos años de independencia somos hoy por hoy inferiores a nuestro pasado. No lo somos porque perdimos la tierra sino porque compartimos con el resto de América Latina una condición común: la de deudores. Debemos. Tras de cada estado latinoamericano hay violencia: la ancestral y la económica. Vivimos de prestado y esto le da a nuestra vida un sentido que no tienen otras vidas: el de la condena. Estamos condenados, como lo dijo Franz Fanon. Nuestra inseguridad metafísica data de la Conquista y hoy se resume en nuestra condición de deudores, de hombres y de mujeres que caminan con una cadena amarrada a los pies.

Somos un país pobre, un país que tuvo una Revolución en 1910 que encaramó en el poder a aquellos que hoy conforman pavorosos niveles de desigualdad en capas y capas sociales coronadas por la gran familia revolucionaria. Para caer un poco en lo que se ha llamado "la petite histoire", la Revolución mexicana produjo un millón de millonarios durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), veinticuatro multimillonarios consignados por la revista Forbes que se cuentan entre los hombres de mayor fortuna en el mundo. El sueño del último gobierno fue el de llevar a México al primer mundo mediante el TLC y no contó con que una bola de indios famélicos lo jalarían de la manga para decirle: "¿Y nosotros qué? ¿Acaso nos van a asesinar?" Ganas no le faltaron a Salinas, pero la opinión pública, la emergente "sociedad civil", como la llamamos, ejerció una presión definitiva.

Frente a la historia oficial, la corrupción y la burocracia, se alzan los movimientos populares (1968 ha tenido una profunda influencia en la vida política de México y de él derivan los movimientos populares) y se alzan los héroes populares, y pienso no sólo en las figuras heroicas sino en sus seguidores.

Primero fue Zapata y su grito de Tierra y Libertad en la Revolución de 1910. Emiliano Zapata, nacido el 8 de agosto de 1879, caballerango de un hacendado porfirista y gran aficionado a los caballos (el suyo se llamaba As de Oros), victorioso se puso a repartir tierras de Morelos después de conformar su ejército con campesinos. "La tierra es de quien la trabaja", afirmó a todos los pobres y a los dueños de las haciendas. Cayó asesinado de dos descargas de fusiles, víctima de una traición, el 10 de abril de 1919 en la Hacienda de Chinameca, donde debían entregarle 12 mil cartuchos. Zapata murió sin saber que había iniciado uno de los movimientos más trascendentes de México: el zapatismo, y que ochenta y cinco años más tarde, en Chiapas, un grupo de hombres, indígenas casi todos, demostraría que el zapatismo no ha muerto.

El 1 de enero de 1994 surge un líder que combina el arraigo y las características de los anteriores pero abarca campos que los otros no llegaron a dominar. Primero, cuenta con una serie de recursos modernos con los que jamás soñaron los anteriores, como la informática. Subcomandante Insurgente Marcos se hace llamar. La figura del Che Guevara ha abonado el terreno y este nuevo caudillo no viene montado en un caballo sino en una gran corriente de romanticismo. El nombre Marcos, se dice, lo conforman las iniciales de los pueblos zapatistas de Chiapas tomados el 1 de enero por el ejército zapatista: Margaritas, Altamirano, Chanal, Ocosingo y San Cristóbal. Cien guerrilleros del Ejército Zapatista se apostan en la Plaza de Armas y toman Palacio Nacional, destruyen los archivos y acaban con la burocracia. A diferencia de Zapata, Marcos tiene en su persona su propia agencia noticiosa. Allá en la Selva Lacandona lo sabe todo, lee hasta a St. John Perse, dice de memoria sonetos de Shakespeare en inglés, se las arregla para mantenerse mejor informado ya no se diga que sus antecesores, sino que los citadinos. Un pasamontañas es parte esencial de su carisma. Le sirve menos para esconderse que para caracterizarse. Sus críticos dicen que el Che Guevara siempre dio la cara, sin embargo, el Subcomandante da la cara también con sus escritos, sus famosos comunicados que son mucho más reveladores que una nariz prominente, una barba que sabemos muy tupida, unos ojos cuya expresión amorosa todos hemos visto, una pipa y una voz reconocibles. En México la policía lo sabe todo, y lo que no sabe se lo pregunta al FBI, que suele anticipar lo que sucede en nuestro país. Después del 1 de enero Marcos es el hombre de mayor carisma en la república mexicana y ninguno supera su capacidad de convocatoria. Él solo, con su "one made man agency" --a la manera de Carlos Monsiváis--, catalizador y productor de noticias, crea instrumentos de comunicación y de persuasión tan convincentes y rotundos como el fax, la computadora y la impresora electrónica que adquieren un sentido "ideal" y se vuelven instrumentos al servicio de la causa, no porque Marcos sea su dueño, sino porque inauguran una guerrilla en la época en que México tiene a la cibernética a su alcance. Es también una revolución que encuentra eco en los medios de comunicación, principalmente en La Jornada. Marcos se da el lujo de ejercer la censura y, ante el aplauso de muchos, negarle el acceso al monopolio televisivo más poderoso: Televisa. Tal parece que, gracias al subcomandante Marcos, se da una purificación de las comunicaciones en México y los periodistas conmovidos se meten a redentores. Durante unos meses el romanticismo campea en la redacción de varios diarios mexicanos y muchos reporteros regresan exaltados a la Ciudad de México afirmando que su visión del mundo y de sí mismos ha sido trastocada.

El lenguaje de Marcos, un hombre que ha padecido la selva y la conoce, un hombre que ha comido víboras, un hombre que tiene enfermedades del estómago porque es mestizo y le ha costado un triunfo acostumbrarse al trópico, el lenguaje de Marcos es nuevo dentro de la política mexicana e inaugura una nueva forma de hacer política: esa sí, cultural. Lejos de la infamante retórica política, nada hay en su discurso que nos recuerde al de los diputados o senadores, incluso los de la oposición, que muchas veces para combatir al fascismo emplean los mismos recursos del fascismo. El lenguaje de Marcos, mestizo, es sin lugar a dudas el que podemos entender todos y el que comparte con los hombres de Chiapas, las mujeres y los niños. Marcos sabe de las picaduras del mosco chechem o mala mujer que, junto con la fiebre, provoca el delirio, y de la peligrosa culebra bac ne o cuatro narices. Sabe caminar bajo la lluvia en la selva donde las ramas de los árboles forman un inmenso paraguas verde, sabe cargar una mochila de 40 kilos sobre su espalda y caminar durante varias horas sin descanso; sabe construir una tienda de campaña y apretarse el cinturón durante muchos días, sabe convivir y sobre todo sabe pensar. Su lenguaje es el de la dura vida diaria, la vida pegada a la tierra, el lenguaje de la sobrevivencia. El lenguaje de los políticos, desde el diputado hasta el presidente de la república, es el de la burocracia. Marcos escribe desde la tierra y habla continuamente de su relación con la tarde que cae, con la madrugada fría, con la neblina, con el zacate estrella, con el viejo Antonio, con Moi, Tacho, Monarca, con los habitantes de Chiapas. Habla con la sierra y con los árboles altos, con los grillos y con los escarabajos, por eso sentimos sus palabras en carne propia y las escuchamos como verdaderas.

En su pliego de demandas los reclamos zapatistas fueron de carácter cultural y están señaladas en la Declaración de la Selva Lacandona: trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia y paz. Piden que las lenguas de todas las etnias sean oficiales y que sea obligatoria su enseñanza en las escuelas primaria, secundaria, preparatoria y universidad, y solicitan que se respeten sus derechos y dignidad como pueblos indígenas, tomando en cuenta su cultura y tradición. Ya no quieren seguir siendo objeto de la discriminación y el desprecio que vienen sufriendo desde siempre. Exigen que los dejen organizarse y gobernarse con autonomía propia, porque ya no quieren ser sometidos a la voluntad de los poderosos nacionales y extranjeros. Que la justicia sea administrada por los propios pueblos indígenas, según sus costumbres y tradiciones, sin intervención de gobiernos ilegítimos y corruptos.

¿Puede un puñado de hombres mal armados (dos mil trescientos zapatistas) cambiar el sistema político de nuestro país? En un país hambriento de figuras hacia quien mirar, en la persona de Marcos resulta definitivo el elemento ético. No sólo tomó el poder sino que ha ganado poder a través de los últimos dos años. Al menos Marcos hasta ahora no ha mentido, no ha engañado a nadie y ha vivido de acuerdo con sus ideas, lo cual parece mucho pedir en nuestro país. Permaneció once años en la selva, compartió las condiciones de vida de los indígenas, sabe de lo que habla y cumple con lo que dice. La suya es una guerra sui generis y él mismo lo dijo en una carta dirigida a un niño de La Paz, Baja California: Miguel A. Vásquez Valtierra: "Nosotros decidimos un buen día hacernos soldados para que un día no sean necesarios los soldados. Es decir, escogimos una profesión suicida porque es una profesión cuyo objetivo es desaparecer: soldados que son soldados para que un día ya nadie tenga que ser soldado."

Los zapatistas escogieron iniciar la guerra el 1 de enero de 1994, día en que arrancaba el Tratado de Libre Comercio, tomando la Plaza de Armas de San Cristóbal Las Casas sin espantar a los turistas en sus Christmas holidays, tan es así que a algunos que iban a Cancún les dijo que lo disfrutaran y a otros que pensaban ir a Palenque les comentó, no sin sentido del humor, que el camino estaba cerrado y añadió:

--Perdonen las molestias, pero ésta es una revolución.

Que los turistas no se hubieran dado cuenta significa que la tranquilidad de San Cristóbal no se rompió en forma alarmante por la presencia de hombres armados con pasamontañas, carrilleras cruzadas y hasta pequeñas ametralladoras. Desde el primer instante la tónica y el tono del subcomandante Marcos no fue el de matar a quien se le pusiera enfrente.

A la ofensiva del EZLN la respuesta del gobierno federal fue de violencia. Doce días duró la guerra. El Ejército llegó incluso a bombardear y después se dispuso a arrasar la tierra para liquidar los apoyos de la sociedad civil; la prensa internacional descubrió que México no era un país del primer mundo, sino del tercero. La verdad de los zapatistas caló muy hondo en la opinión pública, y fueron las manifestaciones de los estudiantes, profesores, amas de casa y las movilizaciones populares las que detuvieron el genocidio en contra del EZLN. Ante la presión popular Salinas de Gortari dijo que perdonaría a los rebeldes, entonces el subcomandante Marcos respondió con el más impresionante de sus comunicados:

¿Por qué debemos de pedir perdón? ¿Qué es lo que tienen que perdonarnos? ¿Por no morirnos de hambre? ¿Por no quedarnos quietos ante nuestra miseria? ¿Por no aceptar humildemente la gigantesca carga histórica de desprecio y abandono? ¿Por habernos levantado en armas cuando todos los demás caminos nos fueron negados? ¿Por ignorar el Código Penal de Chiapas, el más absurdo y represivo del que se tenga memoria? ¿De haber demostrado al resto del país y al mundo entero que la dignidad humana vive aún y está en sus habitantes empobrecidos? ¿De habernos preparado bien y a conciencia antes de iniciar? ¿De haber llevado fusiles al combate, en lugar de arcos y flechas? ¿De haber aprendido a pelear antes de hacerlo? ¿De ser mexicanos todos? ¿De ser mayoritariamente indígenas? ¿De llamar al pueblo mexicano todo a luchar, de todas las formas posibles, por lo que les pertenece? ¿De luchar por libertad, democracia y justicia? ¿De no seguir los patrones de las guerrillas anteriores? ¿De no rendirnos? ¿De no vendernos? ¿De no traicionarnos?

¿Quién tiene que pedir perdón y quién puede otorgarlo? ¿Los que, durante años y años, se sentaron ante una mesa llena y se saciaron mientras con nosotros se sentaba la muerte, tan cotidiana, tan nuestra que acabamos por dejar de tenerle miedo? ¿Los que nos llenaron las bolsas y el alma de declaraciones y promesas? ¿Los muertos, nuestros muertos, tan mortalmente muertos de muerte "natural", es decir, de sarampión, tosferina, dengue, cólera, tifoidea, mononucleosis, tétanos, pulmonía, paludismo y otras lindezas gastrointestinales y pulmonares? ¿Nuestros muertos, tan mayoritariamente muertos, tan democráticamente muertos de pena porque nadie hacía nada, porque todos los muertos se iban así nomás, sin que nadie llevara la cuenta, sin que nadie dijera, por fin, el ¡YA BASTA! que devolviera a esas muertes su sentido, sin que nadie pidiera a los muertos de siempre, nuestros muertos, que regresaran a morir otra vez pero ahora para vivir? ¿Los que nos negaron el derecho y don de nuestras gentes de gobernar y gobernarnos? ¿Los que negaron el respeto a nuestra costumbre, a nuestro color, a nuestra lengua? ¿Los que nos tratan como extranjeros en nuestra propia tierra y nos piden papeles y obediencia a una ley cuya existencia y justeza ignoramos? ¿Los que nos torturaron, apresaron, asesinaron y desaparecieron por el grave "delito" de querer un pedazo de tierra, no un pedazo grande, no un pedazo chico, sólo un pedazo al que se le pudiera sacar algo para completar el estómago?

¿Quién tiene que pedir perdón y quién tiene que otorgarlo?

Una de las propuestas del subcomandante Marcos a la sociedad civil fue la creación de un espacio cultural. Él y sus hombres, los zapatistas, pusieron el trabajo y la materia prima, la sociedad civil la manutención y la continuidad. Así nació Aguascalientes (en referencia directa a la Convención Revolucionaria de Aguascalientes de 1914). Los zapatistas levantaron con troncos de árbol y a machetazo limpio un auditorio dentro del bosque (que Marcos comparó con la nave construida por Fitzcarraldo y que recordamos gracias a la película de Werner Herzog) para seis mil personas en el bosque, y construyeron la mejor de sus cabañas para albergar una biblioteca.

Por medio de campañas de acopio los habitantes de la Ciudad de México, y sobre todo los jóvenes, aportaron varios miles de libros y muchos universitarios fueron en caravana a la selva a organizar la biblioteca. Lo primero que hizo el Ejército Mexicano al entrar a Aguascalientes fue levantar una pira e incendiarlo todo. Destruir la biblioteca, desaparecer los libros, quemar el auditorio, son actos de gorilismo militar. ¿A quién le beneficiaba? ¿Por qué no dejarle a la población de Guadalupe Tepeyac ese espacio que le pertenecía? ¿Qué daño hacían los libros y los troncos de árbol que conformaban las gradas? ¿Se pretendía borrar así un símbolo, el del EZLN?

Para ser admitido en el Ejército Zapatista de Liberación Nacional hay que haber cursado la primaria. Ningún zapatista es analfabeta. Todos saben leer y escribir. Que los zapatistas lean despacio o se les atoren algunas palabras a la hora de decir un discurso o dar alguna declaración a la prensa se debe a que hablan antes que nada su propio idioma, el tzeltal o el tzotzil. Cuando estuvo la biblioteca en Aguascalientes muchos zapatistas y muchos habitantes de Guadalupe Tepeyac y los pueblos más cercanos iban a sacar libros a la biblioteca, sobre todo aquellos de "Cómo hacer", porque los zapatistas, entre otras propuestas, quieren alfabetizar a la población, pero quieren ser ellos los alfabetizadores. Nuestra educación a través de los libros de texto se ha caracterizado por su alejamiento de la realidad. Por ejemplo, se les dice a los niños que cada uno debe dormir en un cuarto con la ventana abierta. Si sabemos que cuarenta millones de mexicanos tienen viviendas de dos piezas, si bien les va, y en una la familia duerme y en la otra come, ¿a qué niños se refiere el libro de texto gratuito? Lo que menos se enseña en el campo es a "saber hacer".

Para las mujeres indígenas --tanto las jóvenes como las viejas de 35 años (porque a los 35 años ya son viejas)-- volverse zapatistas es la mejor opción de vida. Enfermas, ultrajadas, lo han aguantado todo, violaciones y ofensas. Entre los zapatistas se sienten respetadas. Muchas jóvenes militantes, al pasar de las labores del hogar a comandar, si así lo merecen, a un grupo de veinte hombres, se sienten valoradas y adquieren conciencia de su condición femenina, de su igualdad con el hombre. Antes iban a servir a la ciudad, a las casas de los coletos, eran criadas o tejedoras y bordadoras. No recibían ni la mitad de lo que vale su trabajo. Volverse zapatista les cambió el rostro. Claro, se lo cubrieron con un pasamontañas, pero también supieron que la opresión hacia las mujeres en las comunidades no tiene razón de ser y que ellas no deben tolerar ser objetos de la crueldad del sistema de dominación en el que viven. Sólo eso es ya un gran paso. Otros pasos son la libertad que les permite ser dueñas de su cuerpo. El subcomandante Marcos dijo: "Cuidamos mucho a nuestras mujeres, porque como están desnutridas no queremos que pierdan demasiada sangre cuando tienen su regla. Aquí en el Ejército Zapatista la violación de la mujer es castigada con la pena de muerte. Un hombre que viola a una mujer es sentenciado a muerte por fusilamiento. Pero afortunadamente, no hemos mandado todavía a nadie al paredón."

Las mujeres zapatistas pueden elegir con quién casarse. Antes, ellas eran las elegidas. Tienen el derecho de controlar sus propios cuerpos y usan distintos métodos contraceptivos, ya que no se pueden dar el lujo de tener hijos en la selva. Ahora pueden mirar directamente a los ojos de sus maridos; se han vuelto verdaderos compañeros.

Rosario Castellanos me contó una vez que en uno de sus viajes a Chiapas se encontró a un indio que regresaba de la selva con su carga de leña, montado en su burro. Detrás del indio, cargando otra carga de leña, le seguía a pie su mujer. Rosario le preguntó al indio:

"--¿Por qué vienes tú montado cómodamente sobre el burro, mientras que tu esposa te sigue a pie?

Sin mostrar ninguna emoción, el indio chiapaneco le contestó:

--¡Ah, pues porque ella no tiene burro!"

Ahora podemos decir que, gracias a los zapatistas, las mujeres indígenas de Chiapas por fin tienen su burro.

 

 


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