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Hay más que aprender por medio de una cuidadosa
búsqueda de pistas, a lo largo de senderos que no estén
vigilados por las patrullas intelectuales del neoimperialismo, de las
fronteras donde las experiencias comparativas de la victimización
imperialista y la resistencia convergen y se separan. Estos senderos
y fronteras, por supuesto, no se encuentran en ningún plano cartesiano
y, conforme cambiamos nuestra relación con ellos, tampoco permanecerán
quietos en el mismo sitio...
Jonathan Boyarin, Tormenta del paraíso (1992)
En 1948 el diario humorístico irlandés Dublin Opinion
publicó una caricatura que representaba la remoción de
la estatua de la reina Victoria de la parte frontal de la Leinster House,
el asiento irlandés del parlamento. "¡Ni hablar, Eamon --se
conmisera la reina rechazada con de Valera, quien acababa de perder
la oficina en una elección general--, por aquí están
sucediendo grandes cambios!" Y esto era totalmente cierto, ya que la
remoción de la estatua fue el prólogo a la declaración
oficial de la República de Irlanda en 1949, un acto que cortó
las conexiones imperiales, mismas que alcanzaron su apoteosis durante
su reinado, en el siglo XIX.
Pero la reina, a pesar de su legendaria ausencia de humor, bien pudo
reír mejor al último. A principios de 1995 surgió
una controversia pública cuando el University College, de Cork,
como parte de las celebraciones de su 150 aniversario, decidió
exhumar una estatua de la reina Victoria que había sido enterrada
en los terrenos del colegio desde los años treinta, para exhibirla
públicamente. Esto, se discutió, no hacía otra
cosa que enderezar el registro de la historia, un reconocimiento público
del hecho de que la universidad (originalmente llamada Queen's College,
Cork) fue fundada bajo la administración victoriana.
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"¡Están sucediendo grandes cambios, Eamon!" (La estatua
de la reina Victoria fue retirada del frente de la Leinster
House después de que el primer gobierno de partido había
tomado posesión de la oficina.), Dublín Opinion,
agosto de 1948.
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Pero ésta no es la forma en que la historia, o la memoria, funciona
dentro de una cultura que tiene un pasado colonial; ya que 1845 no sólo
fue el año en que se fundó el Queen's College, también
marcó el principio del más doloroso recordatorio de la
imposición victoriana: la Gran Hambruna (1845-1848).(1) En la
apertura de la exposición dentro de la cual se incluyó
la estatua un profesor fue arrestado por interrumpir el protocolo profiriendo
gritos: "¿Y qué pasa con la hambruna?" Aunque desestimada
por algunos como una chifladura nacionalista, el profesor que planteó
la protesta también estaba buscando certificar una profunda pérdida
de la memoria, un episodio traumático de la historia irlandesa
que estaba efectivamente enterrado por la oficialidad, antes y después
de la independencia, tanto o más que la estatua de la reina Victoria.(2)
¿Cómo sería posible ubicar estos disparatados legados
de la era victoriana dentro de la historia de la identidad irlandesa?
De acuerdo con una influyente corriente de la teoría cultural
contemporánea, la respuesta está en las estrategias poscoloniales
de la mezcla de culturas, es decir, en la adopción de las ideas
de "hibridad" y "sincretismo" en lugar de las obsoletas ideas de nación,
historia o cultura indígena. Después de todo, lo que se
designa como poscolonialismo, con todas sus obras y su pompa, se considera
algo acabado (si es que de veras existió, en primer lugar), y
ahora ha llegado la hora de trazar una línea sobre el pasado.
Thomas McEvilley, en su instructivo panorama, aunque demasiado esquemático,
respecto de los cuatro estadios de la formación de la cultura
trazados por la teoría poscolonial, identifica primero el idílico
periodo precolonial, que ha sido objeto de mucha nostalgia subsecuente;
en segundo lugar identifica la durísima prueba de la conquista,
de la enajenación, la opresión y la colonización
interna; en tercer lugar, el cambio nacionalista "que no tan sólo
denigra la identidad del colonizador sino que remite la atención
a la recuperación y la reconstitución de una identidad
alguna vez menospreciada y quizá abandonada";(3) en cuarto lugar,
el escenario anunciado por la generación nacida después
de la salida de las fuerzas colonizadoras y que se preocupa menos por
la oposición de un legado colonial, una situación que
sucedió en la India y África "veinticinco años
después de la salida del gobierno y el ejército colonialistas".
Es esta última fase la que se presta al libre juego de la hibridad
y la mezcla de culturas, y también al distante proyecto de la
diáspora por medio del cual los inmigrantes de las excolonias
renegocian sus lazos ancestrales en términos de las demandas
globales de la nueva cultura anfitriona.
| Balada núm. 1, Philip Napier, 1992-1994. Foto de Michael McDonagh.
Cortesía del Consejo de Artes de Irlanda del Norte. |
Y mientras que una semana en política es considerada largo tiempo,
es también cierto el caso de que una generación, o incluso
unas pocas generaciones, es un periodo corto en la centenaria lucha
contra la colonización occidental. La creencia de que la restauración
de la estatua de la reina Victoria era un gesto inofensivo dentro del
contexto de un arco histórico que va de 1845 a 1995 sólo
tendría sentido si la Gran Hambruna de Irlanda fuera una cosa
del pasado, una fase de la historia que ahora podría ser consignada
al Prozac comunal de la industria de la herencia. Pero, ¿pueden
las heridas infligidas por la catástrofe social ser cauterizadas
tan fácilmente? ¿Podría alguien sugerir en serio
que las traumáticas lecciones del Holocausto no deberían
ser pertinentes dentro de cien años respecto de lo que son ahora?
¿O que novelas como Beloved de Toni Morrison, para tomar un ejemplo
que trata directamente del colonialismo y del desplazamiento de la diáspora,
son valiosas meramente por la recreación de la ordalía
de la esclavitud que se sufrió hace 150 años, pero que
tiene poco que ver con la experiencia vivida por los afroamericanos
en los Estados Unidos de hoy en día?
Lo que nos ocupa aquí y ahora son los diferentes registros de
la memoria, una memoria que está contenida y legitimizada dentro
de los confines del monumento y el museo, y otra que tiene que ver con
los rastros de la memoria colectiva, la que se transmite por medio de
la cultura popular, el folclore, las baladas, etc. A este respecto,
la disputa acerca del espacio de museo referente a la obra Balada núm.
1 de Phillip Napier, perteneciente a la exposición Al margen
de la sociedad, es algo que hay que destacar.(4) Representa la obra
un acordeón montado en la pared, cuya entrada y salida de aire
le permite desdoblarse como si fuera un pulmón artificial anexado
a la imagen apenas descifrable de Bobby Sands, el huelguista de hambre
republicano. El fotograbado de la imagen ampliada se consigue por medio
de pequeños clavos, como recordatorio del aura de martirio que
rodea la muerte de Sands durante la huelga de hambre en 1981. Los jadeos
asmáticos del acordeón se extienden más allá
del cuerpo del individuo, evocando algunos de los más discordantes
sonidos dentro de la cultura vernácula irlandesa. No tan sólo
los extraños sonidos flotan a través del espacio del museo
como si fuera el lamento de la banshee, la mítica hada maligna
que anuncia la muerte dentro del folclore irlandés.(5) El instrumento
mismo simboliza la música tradicional, más particularmente
al cantante callejero y a las baladas populares que repetidamente eran
el blanco de las autoridades, ya que se consideran expresiones culturales
de la insurgencia. Al ligar el cuerpo famélico con el luto y
la memoria colectiva, la imagen fuera de foco se convierte, de verdad,
en un monumento a la Hambruna y a la negra sombra que se proyecta sobre
el pulmón del cuerpo político irlandés.
Las resonancias míticas de la banshee y la cultura vernácula
se hacen evidentes también en las formas del pelo y de las largas
trenzas femeninas que forman la médula de la obra reciente de
Alice Maher. Aunque una banshee es frecuentemente más escuchada
que vista, visiones de la figura fantasmal la representan como una anciana
que peina su larga cabellera blanca mientras se lamenta. En la serie
Familiar de Maher, ondulantes cabelleras reciben el giro histórico
al ser recreadas por medio del lino, un material que, de acuerdo con
la artista, está "dotado de mil significados e historias".(6)
Uno de los significados es la asociación del trabajo de las mujeres
y la relativa independencia financiera que trajo la industria casera
a las mujeres irlandesas antes de la Hambruna. Otra conexión
histórica se deriva, sin embargo, de la destrucción de
la alguna vez próspera industria de la lana a manos de las políticas
coloniales británicas y su subsecuente reemplazo por la industria
del lino, que se radicó principalmente en Irlanda del Norte.
La "hibridad" de estos objetos expuestos es evidente a partir de sus
fronteras indeterminadas: entre los materiales orgánicos y los
fabricados, entre la naturaleza y la cultura, entre el nativo y el recién
llegado.
Por supuesto, existen defensores de la hibridad que rechazan por completo
considerar a Irlanda como un caso idóneo para el tratamiento
poscolonial. Aunque los autores de un "estudio comprensivo" encuentran
el término "poscolonial" lo suficientemente amplio para incluir
no tan sólo la literatura de la India, África y el Caribe,
sino también la de Canadá, Australia e inclusive Estados
Unidos, bueno, en ese estudio no hay cabida para la literatura irlandesa.
La razón de esto se hace evidente después, cuando las
literaturas escocesa, galesa e irlandesa sean discutidas "en relación
con la 'corriente principal' inglesa":
"En tanto es posible discutir que estas sociedades fueron las primeras
víctimas de la expansión inglesa, su subsecuente complicidad
con la empresa imperialista inglesa hace difícil que la gente
colonizada que vive fuera del Reino Unido acepte que su identidad es
"poscolonial".(7)
Esta asombrosa afirmación (que parece estar bajo el temor de
que Irlanda es todavía parte del Reino Unido) sólo toma
sentido si uno identifica a los irlandeses históricamente con
la colonia de pobladores de Irlanda, los angloirlandeses, borrando así
en el proceso al total de la población nativa, un panorama más
cercano, de hecho, a la "Comunidad de Naciones" que a la literatura
poscolonial.(8) Esta aplicación indiscriminada del término
"poscolonial" es en la realidad una característica recurrente
de la obra El Imperio contesta por escrito, con el resultado de que
Patrick White y Margaret Atwood son considerados poscoloniales en la
misma forma en que lo son Derek Walcott o Chinua Achebe.(9) Esto no
quiere decir, por supuesto, que algunos irlandeses nativos o católicos
no se hayan rendido a las formas hegemónicas de racismo de Estados
Unidos y Australia, aun cuando ellos mismos lograron librarse de las
cadenas de la esclavitud o la subyugación. Pero sí es
importante reconocer esto por lo que es: un proceso de rendirse a las
ideologías suprematistas existentes derivado principalmente del
mismo legado de colonialismo inglés del cual intentaban escapar.
En palabras de Charles Gavan Duffy, mientras comenta sobre la ascendente
movilidad de la diáspora católica irlandesa en Australia:
"Para los extranjeros que a la distancia y en lugares de altura leen
respecto de los Barry, los MacMahons y los Fitzgeralds, les parecerá
el paraíso de los celtas; pero ellos fueron celtas cuyos antepasados
han roto con las tradiciones y el credo de la isla (por ejemplo, Irlanda)."(10)
Éste es un correctivo importante para el mito esencialista referente
a que las actitudes racistas ya estaban presentes en los emigrantes
irlandeses, ya sea debido a su "blancura", su atraso o su "carácter
nacional", antes de su emigración al Reino Unido, los Estados
Unidos o Australia.(11) Lo que los inmigrantes irlandeses no trajeron
con ellos desde sus lugares de origen fueron los hábitos de autoridad
fomentados por el poder colonizador; trajeron de hecho un amargo legado
de servidumbre e ignominia afín a aquel experimentado por los
nativos de América y los afroamericanos. La verdad es que, desde
la perspectiva colonial, las etiquetas "blanco y no-blanco" no siguieron
los esquemas de visibilidad epidérmica estricta o de color de
la piel para que --en un sentido importante-- los irlandeses históricamente
hayan sido clasificados como "no-blancos" y tratados en consecuencia.
La muy difundida ecuación de lo "mero irlandés" entre
los nativos americanos del siglo XVII sirvió de pretexto para
llevar a cabo haciendas y confiscaciones al por mayor, y expresiones
más siniestras de las intenciones genocidas se muestran en el
consejo que le dio Edmund Spencer a la reina Elizabeth de que "hasta
que Irlanda no esté muriéndose de hambre no podrá
ser sometida".(12) La transportación de irlandeses al Nuevo Mundo,
que se caracterizó de manera prominente por el "tráfico
de esclavos blancos" durante el siglo XVII y el código penal
que sistemáticamente excluyó a los católicos de
la ciudadanía y la vida política a lo largo del siglo
XVIII y principios del XIX consiguieron, en la frase de Edmund Burke,
que los irlandeses fueran extranjeros en su propia tierra natal. No
había necesidad de salir al extranjero para experimentar las
"múltiples identidades" de la diáspora valorizada en la
teoría poscolonial: la curiosísima y peregrina experiencia
de ser extraño a uno mismo ya era un rasgo característico
de la vida en la tierra natal.
David Roediger, al hablar de la ambivalencia de las actitudes irlandesas
respecto del racismo de Estados Unidos señala que "la opresión
compartida no necesita generar solidaridad, como tampoco debe necesariamente
producir el desprecio de un grupo oprimido hacia otro".(13) Para evitar
ser reducidos a la servidumbre una vez más, la necesidad de definirse
a sí mismos como blancos se presentó como un imperativo
urgente para todos aquellos irlandeses degradados que llegaron a Estados
Unidos después de la Hambruna. Éste fue el clima político
dentro del cual Ralph Waldo Emerson escribió:
"Creo que ningún cándido puede sostener que la raza africana
ha ocupado alguna vez --o que lo hará algún día--
un lugar elevado en la escala de la familia humana. Los irlandeses tampoco.
El indio americano tampoco. Los chinos tampoco. Ante la energía
de la raza caucásica, todas las otras razas se acobardan y le
rinden tributo."(14)
Fue en estas circunstancias que muchos irlandeses buscaron identificarse
con el destino manifiesto de los blancos, encontrando en el partido
democrático antiabolicionista un vehículo para sus aspiraciones
políticas y sociales.
Esto, en efecto, significaba una difícil reconciliación
con lo que Reginald Horsman describe como "el aglosajonismo racial norteamericano"
y, como comenta lastimosamente Roediger: "bajo otras circunstancias,
los irlandeses católicos norteamericanos hubieran aceptado con
entusiasmo la 'asociación de la nacionalidad y la sangre, pero
no la etnicidad', la cual racialmente los combinaba con los de otro
modo odiados ingleses". Y continúa diciendo: "dentro de los constreñidas
opciones y altos riesgos que significaba la política norteamericana
de la preguerra, tal elección era lógica. La manera en
la cual los irlandeses competían por el empleo y se ajustaban
a la moralidad industrial de Estados Unidos les aseguró la adopción
y la extensión de la política de la unidad blanca que
les ofrecía el partido demócrata."(15)
El punto al llamar la atención sobre la insalubre intersección
del catolicismo irlandés con los ideales suprematistas anglosajones
de los blancos en Estados Unidos es subrayar los riesgos inherentes
en las adulaciones faltas de sentido a la "hibridad" como una estrategia
poderosa para la identidad diaspórica o poscolonial, particularmente
cuando tiene que ver con la adaptación a los valores de poderosas
culturas expansionistas basadas en el racismo. Como lo plantean Ella
Shohat y Robert Stam, la indebida premura de deconstruir las ideas esencialistas
de identidad "no deben oscurecer la acción problemática
de la 'hibridad poscolonial'":
"Una celebración del sincretismo y la hibridad per se, si no
se articula con preguntas acerca de la hegemonía histórica,
corre el peligro de santificar el fait accompli de la violencia colonial.
Para la gente oprimida, incluso el sincretismo artístico no es
un juego sino una forma sublimada de dolor histórico, es el motivo
por el cual Jimi Hendrix tocaba el himno estadunidense de manera disonante
y el por qué incluso un artista políticamente conservador
como Ray Charles canta América, la hermosa con un quejido y un
lamento. Como un término descriptivo que tiende a englobarlo
todo, la "hibridad" falla al no poder diferenciar entre las diversas
formas de hibridad: la imposición colonial, la asimilación
obligatoria, la cooptación política, la mímica
cultural y otras."(16)
Es dentro de este contexto que uno debe considerar los trípticos
fotográficos titulados Sueño que se desvanece (1989) y
Recuerdos imperecederos (1989), de Willie Doherty. En Sueño que
se desvanece vemos detalles evocadores de imponente arquitectura georgiana
del siglo XVIII, una época en que la mayoría católica
de la población era mantenida en cautiverio, y luego la obsequiosa
"hibridad" de reclamar su herencia de un presente nacionalista colocando
un arpa de cobre sobre una puerta con páneles. Las letras verdes
sobrepuestas en las imágenes sugieren, sin embargo, que la nostalgia
--los "sueños que se desvanecen" y la "hospitalaria" bienvenida--,
con todo y su esplendor imperial, no se restringe a las reliquias de
un orden viejo, sino que es posiblemente compartida por el nuevo decreto
"nacionalista" y a pesar de las condenas oficiales (por esta razón
no está claro a quiénes se refieren las palabras "depravado"
y "abismos desconocidos"). Opuesto a esto, Recuerdos imperecederos muestra
otro edificio neoclásico que ha sido reclamado con vehemencia
por la memoria nacionalista, la Oficina Postal General del centro de
Dublín, sitio donde ocurrió la rebelión de 1916
que declaró una república de Irlanda. Por una parte, este
lugar fundador del Estado es un objeto de asombro y reverencia (Recuerdos
imperecederos de revolucionarios "decididos"); pero el sitio genera
también negación y rechazo (no queda claro si las palabras
sobrepuestas "psicópata" y "existencia maldita" surgen del mismo
edificio imperial o de sus nuevos guardianes, el Estado poscolonial
que trata de olvidar sus violentos orígenes).(17)
El cantante de baladas, The London Illustrated News, 29 de octubre de
1881.
En una vena similar, los páneles satíricos de John Kindness
que presentó en su exposición del DART (Dublin Area Rapid
Transportation) muestran la mímica colonial del Estado consumista
irlandés como lo evidencian la botella verde sobre la mesa que
contiene salsa marca DE (¿como la "d" y la "e" de Dail Eireann
(por ejemplo, el gobierno de Irlanda), y quizá Eamon de Valera?).
Esta cobarde hibridad es un timo imaginario de la botella de salsa original
marca HP (como se abreviaría House of Parliament) que adorna
tantas mesas de comedor inglesas. El tipo de ideología casera
contenida en estos detalles domésticos se hace evidente nuevamente
en las obras más recientes de Kindness, los Frescos de Belfast,
que representan --a manera de tira cómica-- escenas de la vida
educativa de un niño en el Belfast protestante. El afectuoso
recuerdo del cigarrillo del padre que se mueve por toda la habitación
en la oscuridad es contrapunteado por las imágenes pintadas sobre
una tetera y una taza del malhadado Titanic, el orgullo de los astilleros
unionistas, el que fue hundido por un iceberg en su primer viaje en
1912. (En una pintura más reciente, la tetera tiene pintadas
la rosa y el cardo, emblemas de la unión entre Inglaterra y Escocia,
las cuales constituyeron inicialmente lo inglés moderno.) El
vínculo entre el detalle inocente del cigarrillo y el icono imperial
que es el trasatlántico se forja mediante el sostenido retruécano
visual que bordea la imagen, donde el humo del cigarrillo se transforma
gradualmente en la niebla y la bruma que ocultan el iceberg fatal del
viaje del crucero. Los tigres, elefantes y canguros que aparecen en
los márgenes de subsecuentes imágenes contienen también
fantasías imperialistas, como cuando se muestra a un grupo de
muchachos embarcarse en cacerías y safaris en su barrio de Belfast.
En una secuencia posterior, la hermética cultura del legitimismo
se caracteriza por la imagen de un cartel de la elección unionista
que bloquea otros carteles nacionalistas y laboristas, y el joven narrador
y su amigo son desdeñosamente catalogados como "amantes fenianos",
no porque fueran nacionalistas sino porque sencillamente, como niños
de la clase obrera, no eran abiertamente unionistas y apoyaban al partido
laborista.
Verdades Imaginadas, Willie Doherty, 1990.
Si Irlanda no se conforma totalmente a la condición poscolonial
no es debido a razones planteadas por algunos críticos, a saber:
debido a que es "blanca" y está situada en Europa, por tanto
no hubiera podido ser sujeta de colonización.(18) Anne McClintock
se acerca más al blanco cuando nos advierte que:
"El término 'poscolonialismo' es --en muchos casos-- prematuramente
celebratorio. Irlanda podría, en caso de necesidad, ser 'poscolonialista',
pero para los habitantes del norte de Irlanda ocupado por los ingleses,
para no mencionar a los palestinos de los territorios ocupados por los
israelíes y del West Bank, bien podría haber nada de "pos"
respecto del colonialismo en absoluto."(19)
Arte en el DART. John Kindness, (Dublin Area Rapid Transit). 1988
"Pos", dentro de este contexto, significa una forma de clausura histórica,
sin embargo es precisamente la ausencia de sentido de un fin lo que
ha caracterizado la narrativa nacional de la historia irlandesa. Esto
tiene menos que ver con el "negocio no acabado" de una Irlanda unida
que con la comprensión de que no hay posibilidad de deshacer
la historia, de eliminar todas las acrecencias de conquista, el idioma
inglés, las inscripciones de la ascendencia protestante sobre
el panorama y la cultura material y así sucesivamente. Por esta
razón no existe un prospecto para restaurar una identidad prístina
y precolonial: la falta de una clausura histórica, por tanto,
está destinada a tener una calidad de inacabada dentro de la
misma cultura, así que en lugar de estar basada en estrechos
ideales de pureza racial y exclusivismo, la identidad está abierta
en sus extremos y es heterogénea. Pero el punto importante en
todo esto es que la retención de los residuos de conquista no
significa necesariamente tener que suscribirse a los valores que originalmente
los gobernaban: como ha dicho Donald Horne, inclusive la mera sobrevivencia
de los artefactos culturales que pasan de una época a otra podrían
transformar su significado, de manera que el mismo edificio (o quizá
incluso la misma estatua) que es "reubicado" en una nueva era política
se vuelve, en cierto sentido, una estructura radicalmente diferente.(20)
De aquí se deriva que la apertura respecto de otras culturas
no trae implícito el hecho de aceptarlas sobre la base única
de sus propios términos, con mayor razón cuando una minoría
o una cultura subalterna intenta salir de la égida de un poder
colonialista de mayor tamaño. Como Engels lo demostró
junto con sus camaradas ingleses durante la Primera Internacional, quien
objetó la formación de ramas del nacionalismo irlandés
en Inglaterra sobre la base de que traicionaban los ideales "universales"
de internacionalismo; esta propuesta buscaba "no el internacionalismo
sino sencillamente una sumisión charlatana (de parte de los irlandeses).
Si los promotores de la moción estuvieran rebozantes del verdadero
espíritu nacional, dejen que lo prueben cambiando el asiento
del Consejo Federal Británico a Belfast y sometiéndose
a un Consejo de Irlandeses."(21)
Lo que Engels indica aquí es la oculta asimetría de muchas
demandas de internacionalismo --o su contraparte poscolonial, la hibridad--
que emanan del corazón del colonialismo. La necesidad de tratar
al otro, y la ruta de la diáspora, es invariablemente presentada
como un paso de los suburbios al centro metropolitano; la ruta contraria
raramente es vista con mucho entusiasmo. De hecho, aquellos que van
en la dirección contraria son objeto de burla por "volverse nativos",
pasándosela en las barriadas en lugar de progresar en el negocio
de persuadir nativos para que adopten la voz de sus amos.(22) Sin embargo,
sólo cuando la hibridad se hace verdaderamente recíproca
más que jerárquica es que el encuentro con la cultura
del colonizador deja de ser perjudicial para el propio desarrollo.
Otra manera de negociar la identidad a través del intercambio
con el otro es abastecerse, no sólo de la movilidad vertical
de la periferia al centro, sino para hacer viajes "laterales" a lo largo
de los márgenes que provocan el cortocircuito de la línea
divisoria colonial. Éste es el análisis razonado de este
intercambio bienvenido entre las culturas irlandesa y mexicana. La hibridad
no siempre tiene que tomar el camino elevado; donde hay fronteras que
cruzar, los caminos desaprobados podrían ser benéficos
a la larga que aquellos que son patrullados por los poderes globales.
Lejos de rechazar los valores universales, por otra parte ésta
puede ser la manera más productiva de --como reconoce Engels--
llevar la Ilustración al límite.
Notas:
(1) Ver el punto de vista de un corresponsal en una carta al Irish
Times: "En vista de que el colegio debía llenar este año
tan especial de acontecimientos que conmemoraran la Hambruna, el hacer
resaltar la figura de la reina Victoria --quien se mantuvo al margen
de la Gran Hambruna que sufrió la gente-- es una decisión
desafortunada. Su asociación con la universidad pudo haber sido
reconocida de manera adecuada de una forma menos dramática" (T.
J. Maher, "Queen's Victoria Statue", 30 de enero de 1995). Es importante
indicar que la estatua no fue regresada a su lugar original sino que
más bien se le "reenmarcó" dentro de una caja de vidrio
en una esquina de la sala de exposición, como parte de una exposición
más general. Como discuto más adelante, esto cambia de
manera significativa el "significado" de la estatua, y ciertamente pone
en tela de juicio su previa e imperiosa localización.
(2) Los factores que influyeron en la falla del gobierno irlandés
para conmemorar el centenario de la Hambruna se discuten en "Why The
Great Famine Got Forgotten In The Dark 1940's" de Mary E. Daly, The
Sunday Tribune, 22 de enero de 1995. De la desatención de la
Hambruna por parte de los historiadores de la academia ver la valiosa
introducción de Cormac O'Grada a la reedición de The Great
Famine de R. Dudley Edwards y T. Desmond Williams (Dublín; The
Lilliput Press, 1995), publicada por primera vez en 1956.
(3) Tomado de "Here Comes Everybody" de Thomas McEvilley, incluido
en Beyond The Pale: Art and Artists on the Edge of Consensus (Dublín;
Museo Irlandés de Arte Moderno, 1994), p. 13.
(4) En el Museo Irlandés de Arte Moderno, 1994-1995.
(5) La banshee (literalmente "el hada hembra") era la precursora de
la muerte para ciertas familias y su lamento sembraba el pánico
en aquel que lo escuchaba.
(6) Cecil Bourne, en "Entrevista (con Alice Maher)" contenida en Familiar:
Alice Maher (Dublín; The Douglas Hyde Gallery, 1995), p. 23.
(7) Bill Ashcroft, Gareth Griffiths y Helen Tiffin en The Empire Writes
Back: Theory and Practice in the Post-colonial Literatures (Londres;
Methuen, 1989), p. 33.
(8) Es una de las pocas discusiones de la contribución irlandesa
al colonialismo; Hiram Morgan señala que en relación con
la India: "aquellos irlandeses que recibieron comisiones y órdenes
pertenecían a la élite protestante", y alega que lo mismo
sucedió en Australia: "En Australia los irlandeses católicos
eran numerosos, pero eran los angloirlandeses de la 'clase imperial'
los que tenían más influencia... El católico Charles
Gavan Duffy se hizo primer ministro de Victoria en 1871-1872, pero él
era rara avis en su tiempo." Hiram Morgan, "Empire-Building: An Uncomfortable
Irish Heritage", incluido en The Linen Hall Review 10, núm. 3
(otoño de 1993), pp. 8 y 9.
(9) Como lo indican Vijay Mishra y Bob Hodge en su mordaz reseña
de The Empire Writes Back: "Lo que un concepto no-diferenciado de poscolonialismo
pasa por alto son las muy radicales diferencias en respuesta al abismo
infranqueable que existieron entre las comunidades blancas y no-blancas...
sentimos que existe la necesidad de hacer una fuerte diferenciación
entre el poscolonialismo de los países colonizadores y no-colonizadores."
Vijay Mishra y Bob Hodge, "What Is Post-Colonialism?", incluido en Colonial
Discourse and Post-Colonial Theory de Patrick Williams y Laura Chrisman
(Nueva York; Columbia University Press, 1994), pp. 285 y 288. Como sostengo
más adelante (nota 18), también existe la necesidad dentro
de un contexto irlandés de mostrar las diferencias radicales
dentro de las sociedades blancas, y particularmente de cuestionar la
suposición que equipara la blancura de la piel con la comunidad
colonizadora o con la cultura del colonizador.
(10) Morgan, p. 9. Como señalan Mishra y Hodge: "el poscolonialismo
cómplice", más que enfrentar los estándares del
centro imperial, busca emularlos, ganando de esta forma su admisión
al canon (p. 29). Que los logros más considerables dentro de
la literatura irlandesa deriven sus ímpetus precisamente de resistir
el canon es el argumento de Nationalism and Minor Literature: James
Clarence Mangan and the Emergence of Irish Cultural Nationalism de David
Lloyd (Berkeley; University of California Press, 1987), un libro que,
de manera muy significativa, no se incluye en la extensa guía
y bibliografía de The Empire Writes Back.
(11) Considerada bajo esta luz, bien podría haber algo de verdad
en la observación de que el único motivo por el cual los
irlandeses no son racistas se basa en que no hay suficientes no-europeos
en el país para hacer de la inmigración un problema social.
La principal pregunta aquí es, sin embargo, el por qué
Irlanda está en esta situación. Y la respuesta es clara:
porque ella misma está en la anómala posición de
ser la única ex-colonia de la Unión Europea que no tiene
el suficiente avance industrial que la convierta en el imán económico
que atraiga inmigrantes provenientes de los países en desarrollo.
Ésta es una proposición radicalmente diferente de aquella
que supone que ciertas personas o culturas son inherentemente fanáticas
y sólo les hace falta la oportunidad de que su racismo se reafirme
a sí mismo.
(12) "A Brief Note on Ireland" de Edmund Spencer (1598), citado en
The Invention of the White Race de Theodore W. Allen, vol. 1 (Londres;
Verso, 1994), pp. 63 y 210. El consejo de Spencer a la reina fue una
continuación de la sugerencia del Lord presidente de que "los
irlandeses deberían ser constreñidos primero a probar
una gran calamidad para que, pasada ésta, quedasen seguros y
sumisos". Ver Spencer in Ireland de Pauline Henley (Cork; Cork University
Press,1928), p. 164. Es este trasfondo histórico el que le dio
tal fuerza a las acusaciones de intento genocida respecto de la Gran
Hambruna del siglo XIX.
(13) The Wages of Whiteness: Race and the Making of the American Working
Class de David R. Roediger (Londres; Verso, 1991), p. 134.
(14) Citado en "Here Comes Everybody", de McEvilley.
(15) Roediger, p. 144. Ver también Race and Manifest Destiny:
The Origins of American Racial Anglo-Saxonism de Ronald Horseman (Cambridge,
Mass., 1981).
(16) Unthinking Eurocentrism: Multiculturalism and the Media de Ella
Shohat y Robert Stam (Nueva York; Routledge, 1994), p. 42.
(17) A este respecto, la amnesia mostrada por el Estado irlandés
respecto de la Hambruna de 1945 se equiparó a la vergonzosa ceremonia
de quince minutos --en 1991-- que pasó como conmemoración
del aniversario número 75 de la insurrección.
(18) Como Theodore Allen señala dentro del contexto relacionado
de la esclavitud, tales juicios traicionan la suposición de que,
de alguna forma, la colonización es conveniente para los países
tercermundistas: "Es tan sólo una costumbre mental 'blanca' aquella
de reservar el término 'esclavos' para designar a los afroamericanos,
y que en cambio se sobresalta al oír el término 'tráfico
de esclavos irlandeses'". En The Invention of the White Race de Theodore
Allen (Londres; Verso, 1994), p. 258.
(19) "The Angel of the Progress: Pitfalls of the Term 'Post-Colonialism'"
de Anne McClintock, en Colonial Discourse and Post-Colonial Theory de
Williams y Chrisman (comps.), p. 294.
(20) En The Public Culture de Donal Horne (Londres; Pluto Press, 1986),
p. 154.
(21) Citado en The National Question: Decolonising the Theory of Nationalism
de James M. Blaut (Londres; Zed Books, 1987), p. 144.
(22) Para ver algunos comentarios pertinentes referentes a esto consultar
a Shohat y Stam, p. 43.
--Traducción de Cuauhtémoc García.
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